viernes, 25 de abril de 2025

MARIO VARGAS LLOSA DESDE LA PERSPECTIVA MARXISTA: EL CORTESANO QUE PULIÓ LAS CADENAS DEL CAPITAL

Alejandro Ponce Escalante

 

Imaginemos un encuentro imposible: Antonio Gramsci y José Carlos Mariátegui[1], sentados en un café revolucionario, hojeando las novelas de Mario Vargas Llosa con una mezcla de curiosidad y desdén. Antonio Gramsci, con la mirada encendida tras sus lentes empañados, y José Carlos Mariátegui, en su silla de ruedas, afilando su pluma como si fuera un machete, ambos, destripando las novelas de Mario Vargas Llosa como si fueran un banquete burgués servido con veneno. ¿Qué dirían estos representantes del marxismo sobre el peruano que pasó de entonar consignas comunistas en los callejones de San Marcos a brindar con champán en los salones de la élite global? Con un poco de elocuencia y una pisca de sarcasmo, desenmascaremos al Nobel que mistificó el poder mientras se convertía en su lacayo, al supuesto paladín de la libertad que sirvió a la burguesía, y al político frustrado que chocó de bruces con el Perú real. Desde las lentes de Gramsci, el análisis Mariátegui, los aportes del Grupo de Propaganda Marxista (GPM), y el contraste con el irreductible Jean-Paul Sartre, este ensayo destripa las obras de Vargas Llosa, su cruzada liberal, y su tragicómica aventura electoral como candidato a presidente. Tras su muerte el 13 de abril de 2025, su legado es un epitafio de traiciones, un eco brillante pero hueco de una revolución que nunca abrazó.

1. La literatura como superestructura: Un espectáculo para la burguesía

Para el marxismo, la literatura no es un pasatiempo de diletantes, sino un campo de batalla ideológico donde se forjan o se desafían las cadenas del capital. Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, lo sentencia sin ambages: “La superestructura no es un reflejo pasivo de la base económica, sino un terreno donde se consolidan las relaciones de poder mediante el consentimiento cultural” (Gramsci, 1975, p. 1379). Las novelas de Vargas Llosa, con su obsesión por las estructuras —el Estado, el ejército, el burdel—, aparentan un rugido de rebeldía, pero terminan arrodillándose ante el altar burgués, reduciendo las contradicciones de clase a melodramas individuales que seducen a los salones de la élite mientras las masas siguen encadenadas. ¡Oh, Mario, qué talento para convertir el hambre, la explotación y la sangre en un espectáculo de gala que los ricos aplauden desde sus palcos!, en esta parte analizamos las obras más representativas del autor:

1.1. La ciudad y los perros (1963): La jaula que fascina

La ciudad y los perros (1963) irrumpió como un cañonazo literario, retratando el Colegio Militar Leoncio Prado como una jaula donde los cadetes son triturados por la disciplina, el abuso y la jerarquía. El “Jaguar”, el “Poeta”, el “Boa” —personajes que se clavan en la memoria como cuchillos— libran batallas crudas contra un sistema que los deshumaniza, desde peleas en los dormitorios hasta traiciones que terminan en sangre. La novela, basada en la experiencia de Vargas Llosa en el colegio, expone la violencia institucional con una crudeza que le valió el Premio Biblioteca Breve y lo catapultó al estrellato del Boom latinoamericano. Pero desde el marxismo, esta crítica es un espejismo que no llega al hueso.

Igualmente es importante notar que las opiniones de Vargas Llosa sobre La ciudad y los perros recularon con el tiempo. En los años 60, cuando aún simpatizaba con la izquierda, enfatizaba el carácter subversivo de la novela. Tras su giro al liberalismo en los 70 y 80, comenzó a interpretarla más como una defensa de la libertad individual frente al autoritarismo, alineándose con su ideología posterior.

Gramsci sería implacable: “Los intelectuales que dramatizan las instituciones sin analizar sus raíces económicas refuerzan la hegemonía al desviar la atención de las contradicciones de clase” (Gramsci, 1975, p. 1562). Vargas Llosa nos hace sentir el dolor de los cadetes, pero no señala al capitalismo que financia estas escuelas ni a las clases dominantes que las usan para moldear súbditos leales al orden burgués. El Leoncio Prado no es una anomalía; es un engranaje del sistema que reproduce la disciplina militar para proteger los intereses de la élite, desde los hacendados hasta los industriales. Mariátegui añadiría su dardo: “La literatura debe ser un instrumento de lucha, no un lujo de las clases dominantes” (Mariátegui, 1928, p. 187). Mario, con su prosa afilada como un bisturí, nos hipnotiza con la jaula, pero olvida darnos la llave para romperla. La tragedia del “Esclavo”, un cadete destruido por el sistema, no apunta a la burguesía que paga las cuentas del colegio, sino que se queda en un lamento individual que los lectores burgueses saborean como una novela de aventuras. ¡Qué habilidad para transformar la opresión en una tragedia escénica, eludiendo su raíz como engranaje del sistema capitalista!

 

1.2. Pantaleón y las visitadoras (1973): El circo que no derriba

Pantaleón y las visitadoras (1973) es una joya satírica que pone en ridículo al ejército peruano con un humor que corta como navaja. Pantaleón Pantoja, un militar obsesionado con el orden, recibe la orden de organizar un burdel ambulante para satisfacer a los soldados en la selva de Iquitos, desatando un carnaval de hipocresía que expone la corrupción, el machismo y la burocracia. La novela, escrita en el apogeo de la izquierda latinoamericana, arrancó carcajadas y aplausos globales, pero desde el marxismo es un chiste que no muerde donde duele. Mariátegui la despacharía sin contemplaciones: “La literatura que no refleja las aspiraciones del pueblo es un lujo burgués, una distracción que refuerza el dominio de las élites” (Mariátegui, 1928, p. 199).

El burdel, una metáfora descarnada del capitalismo que mercantiliza cuerpos y deseos, se presenta como una farsa, no como un engranaje del sistema que explota a las clases trabajadoras. Las “visitadoras”, mujeres marginadas convertidas en mercancía, no son heroínas de una lucha colectiva, sino peones en un circo que Vargas Llosa dirige con maestría. El GPM, en su análisis del bonapartismo, señala que “el poder militar no es un accidente, sino la reserva de última instancia del capital” (GPM, 2003a). El ejército que Mario satiriza no es una anomalía; es el brazo armado del capitalismo que disciplina a los trabajadores y protege los intereses de la burguesía, desde los latifundistas hasta las multinacionales. Pero Vargas Llosa no conecta estos puntos; nos invita a reír, no a tomar el fusil. Nos hace aplaudir el circo sin derribar la carpa, dejando al lector burgués con una sonrisa satisfecha y ninguna chispa revolucionaria. ¡Qué talento para convertir la crítica en un show de variedades que no amenaza a nadie!

1.3. La fiesta del chivo (2000): El dictador como divo

La fiesta del chivo (2000) es un tour de fuerza narrativa que retrata la dictadura de Rafael Trujillo en la República Dominicana como un monstruo que devora vidas, familias y esperanzas. Trujillo, con su megalomanía y crueldad, es un villano hipnótico, desde sus rituales de poder hasta sus crímenes más viles, narrados con una precisión que congela la sangre. La novela, publicada cuando Vargas Llosa ya era un ícono liberal, ganó elogios mundiales, pero para el marxismo es un espejismo crítico que adorna la opresión en lugar de combatirla. Mariátegui la calificaría de “ejercicio cosmopolita” que “se regodea en el morbo de la tragedia individual, no en la lucha colectiva” (Mariátegui, 1928, p. 187).

Vargas Llosa nos sume en el horror de la dictadura, pero no conecta a Trujillo con el capitalismo dependiente que lo sostuvo, ni con los intereses imperiales de Estados Unidos que lo apuntalaron como un títere útil. El GPM, en su análisis de Pinochet, ofrece una clave: “La palabra bonapartismo fue inventada por Marx para explicar el desenlace de una situación política en que ningún sector de la burguesía es capaz de prevalecer sobre los demás para mantener en equilibrio las relaciones de dominio del conjunto de las clases dominantes sobre el conjunto de las clases subalternas” (GPM, 2003a). Trujillo, como Pinochet, no fue una aberración, sino un bonapartista que disciplinó a las masas para proteger los intereses del capital, desde los cañaverales hasta las cuentas bancarias de la élite. Pero Mario no lo ve así; convierte al dictador en una estrella de tragedia, un personaje complejo que fascina en lugar de un producto del sistema. Gramsci añadiría: “Los intelectuales que no cuestionan la base económica terminan siendo cómplices de la hegemonía” (Gramsci, 1975, p. 1560). La fiesta del chivo es una ópera sangrienta que los burgueses devoran con palomitas, no un manifiesto que incite a derrocar el sistema que parió a Trujillo. ¡Qué forma tan brillante de hacer que una dictadura parezca un drama de Hollywood!

1.4. Conversación en la catedral (1969): La corrupción como culebrón

Conversación en la catedral (1969) es un coloso literario que destapa la podredumbre del Perú bajo la dictadura de Manuel Odría (1948-1956). En un bar de mala muerte llamado “La Catedral”, Santiago Zavala, un periodista desencantado de clase alta, y Ambrosio, un exchofer negro ligado al régimen, desentrañan la corrupción que carcome desde las cúpulas del poder hasta los callejones más humildes, con la pregunta inmortal: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. La novela, con su estructura laberíntica de flashbacks y diálogos simultáneos, es un fresco monumental de la traición, la ambición y la decadencia moral, que refleja el “Ochenio” de Odría como un pantano donde nadie sale limpio. Pero el marxismo ve aquí una trampa: Vargas Llosa expone la inmoralidad, pero no la ancla en el capitalismo que la alimenta.

Mariátegui sería lapidario: “Es un espejo que refleja la decadencia sin incitar a la acción” (Mariátegui, 1928, p. 188). La corrupción de Cayo Bermúdez, el operador de Odría que teje redes de espionaje y chantaje, no se presenta como un síntoma estructural del capitalismo, sino como un drama personal de poder y traición. El GPM, en su análisis de Pinochet, ofrece una perspectiva clarividente: “La corrupción no es un defecto moral, sino el lubricante del capital que permite mantener las relaciones de dominio entre las clases dominantes y las clases subalternas” (GPM, 2003a). En el Perú de Odría, como en el Chile de Pinochet, la corrupción aseguró la complicidad de las élites —empresarios, militares, políticos— mientras las masas eran sometidas con represión y miseria. Pero Vargas Llosa no conecta estos puntos; nos sume en el fango de las traiciones personales, desde la ruptura de Santiago con su padre burgués hasta los amoríos sórdidos de los poderosos, sin señalar al sistema que hace posible esa “jodienda”. Gramsci remataría: “Dramatizar las instituciones sin analizar sus raíces económicas desvía la lucha de clases hacia el sentimentalismo” (Gramsci, 1975, p. 1562). Conversación en la catedral es un culebrón magistral que los burgueses aplauden desde sus palcos, un espectáculo que fascina, pero no arma al pueblo para la revuelta. ¡Qué genio, Mario, para convertir la tragedia nacional en una telenovela de lujo!

1.5. La casa verde (1966): El burdel que no se rebela

La casa verde (1966) es un tapiz complejo que entrelaza historias en la selva amazónica y la ciudad de Piura, con un burdel como epicentro de explotación sexual y económica. Bonifacia, una niña indígena aguaruna raptada por misioneras católicas para ser “civilizada”, se convierte en la Selvática, una prostituta que resiste culturalmente, pero su derrota final refleja la omnipotencia del sistema. Don Anselmo, el misterioso fundador del burdel, y personajes como Fushía, un traficante que explota a los indígenas, tejen un mosaico de opresión que abarca el colonialismo, el patriarcado y el capitalismo extractivo. La novela, ganadora del Premio Rómulo Gallegos, es un prodigio narrativo, pero desde el marxismo es un lamento estéril.

Gramsci vería el burdel como una estructura que no podría existir fuera del capitalismo, pues es su subproducto. La Casa Verde no es solo un prostíbulo; es un microcosmos del capitalismo que mercantiliza cuerpos, tierras y culturas, desde las mujeres explotadas hasta los indígenas despojados por el comercio de caucho. Mariátegui sería más duro: “La literatura debe ser un arma, no un lamento por los vencidos” (Mariátegui, 1928, p. 188). Bonifacia, con su resistencia trágica, no lidera una revuelta colectiva; su caída es un espectáculo que Vargas Llosa narra con virtuosismo, pero sin encender la chispa revolucionaria. El GPM, analizando el bonapartismo, señala que “la burguesía recurre al ejército o a estructuras autoritarias para mantener el equilibrio de su dominio” (GPM, 2003a). En La casa verde, las misiones religiosas y los traficantes cumplen esa función, imponiendo el orden capitalista sobre los indígenas y las mujeres, pero Mario no lo denuncia como tal; lo convierte en un fresco trágico que seduce a la burguesía lectora. ¡Qué astucia, hacer que la derrota de los oprimidos parezca una obra maestra en lugar de un grito de guerra contra el capital!

En conjunto, las obras de Vargas Llosa son un pilar de la superestructura ideológica. Sus personajes sufren, resisten, perecen, pero nunca rompen las cadenas del capital. Como sentencia Gramsci, “los intelectuales que no cuestionan la base económica terminan siendo cómplices de la hegemonía” (Gramsci, 1975, p. 1560). Mario, con su prosa de orfebre, nos vende catarsis envuelta en papel de regalo, un placebo literario que entretiene mientras el sistema ríe desde las sombras, sabiendo que su dominio permanece intacto.

 

2. La falsa cruzada por la libertad: Una careta burguesa

Vargas Llosa se ganó el Nobel en 2010 “por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes agudas de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo” (Academia Sueca, 2010). ¡Qué cumplido tan rimbombante, digno de un panegírico burgués! Pero desde el marxismo, su lucha contra dictaduras y gobiernos autocráticos no es una epopeya libertaria, sino una maniobra de la burguesía para reemplazar el autoritarismo con un liberalismo que proteja sus privilegios. En La fiesta del chivo, la caída de Trujillo es un drama personal, no una revolución de clases. En Conversación en la catedral, la dictadura de Odría es un pantano de corrupción, pero la solución implícita es un liberalismo que, para Gramsci, “es la libertad del burgués, no del proletario” (Gramsci, 1975, p. 1641). En La casa verde, la explotación del burdel no se vincula al capitalismo global que saquea la Amazonía, sino que se narra como una tragedia inevitable. Vargas Llosa no desafía el sistema que sustenta estos regímenes; solo pide un cambio de decorado, un telón liberal que haga más presentable la explotación. ¡Qué genialidad, disfrazar los intereses de la burguesía como un himno a la libertad universal!

El GPM, en su análisis de Pinochet, ofrece una clave para desenmascarar esta farsa: “La alternancia entre dictadura y democracia es un movimiento del capital para mantener el equilibrio de las relaciones de dominio” (GPM, 2003a). En Chile, el golpe de 1973, apoyado por la CIA, instaló a Pinochet para imponer un modelo neoliberal que enriqueció a las élites mientras torturaba y asesinaba a decenas de miles, con más de 3,000 víctimas documentadas por la Comisión Rettig. La “transición” a la democracia en 1990 no desmanteló ese modelo; lo consolidó bajo una fachada de elecciones, manteniendo las desigualdades que beneficiaban a los burgueses y al capital extranjero. Vargas Llosa, en sus columnas en El País y discursos en foros internacionales, celebró estas transiciones como victorias de la libertad, ignorando que eran, como dice el GPM, “una recomposición de las formas políticas al servicio de las relaciones de producción capitalistas” (GPM, 2003a). Su “resistencia” no es contra el capital, sino contra las formas incómodas que este adopta cuando las élites necesitan disciplinar a las masas con mano dura.

En sus novelas, esta ceguera es palpable. En La fiesta del chivo, Trujillo es un tirano fascinante, pero no un bonapartista que, como explica el GPM, surge cuando “ningún sector de la burguesía es capaz de prevalecer sobre los demás” y el ejército asume el control para proteger el capital (GPM, 2003a). En Conversación en la catedral, Odría es un corrupto que envenena al Perú, pero Mario no lo vincula al capitalismo dependiente que necesitaba regímenes autoritarios para garantizar la explotación. En La ciudad y los perros, el colegio militar es una máquina de violencia, pero no un instrumento del capital para formar oficiales que defiendan los intereses burgueses. Vargas Llosa aplaude la democracia liberal como la cura, sin ver que, para el GPM, “dictadura y democracia son fases complementarias del dominio burgués” (GPM, 2003a). ¡Qué farsa tan bien escrita, Mario, vender la libertad del mercado como la salvación mientras el pueblo sigue encadenado!

El análisis de Mario Vargas Llosa destaca su fijación por las superestructuras —Estado, ejército, dictaduras— en obras como La ciudad y los perros, Conversaciones en la Catedral, La casa verde y La fiesta del chivo, presentadas como dramas individuales sin anclar en las raíces económicas del capitalismo. Su adhesión al liberalismo, que prioriza la libertad burguesa, lo aleja de las luchas populares, alineándolo con las élites. En contraste, Bertolt Brecht, José Saramago, Ngũgĩ wa Thiong’o y Máximo Gorki escribieron con un compromiso inquebrantable hacia los desposeídos, utilizando el materialismo histórico para transformar la literatura en un arma de justicia social. Brecht, en Madre Coraje (1939), sentencia: “La guerra es un negocio que devora a los pobres” (Brecht, 1939), conectando el militarismo al capital, no como Vargas Llosa, que lo convierte en espectáculo. Saramago, en Ensayo sobre la lucidez (2004), proclama: “El poder teme el silencio unido del pueblo” (Saramago, 2004), inspirando resistencia colectiva frente a un Estado opresor. Ngũgĩ, en Pétalos de sangre (1977), afirma: “La liberación comienza al reclamar nuestra lengua y lucha” (Ngũgĩ, 1977), uniendo a las masas contra el colonialismo, mientras Vargas Llosa se desconectaba del pueblo peruano. Gorki, en La madre (1906), escribe: “No hay libertad si un hombre pasa hambre” (Gorki, 1906), elevando la conciencia de clase de los trabajadores, no su derrota como en las tragedias de Mario. Estos autores, con integridad, no solo narraron la opresión; la combatieron, dedicando sus plumas a los trabajadores y a un mundo sin cadenas, un contraste luminoso con el brillo burgués del Nobel peruano.

 

3. Transformismo gramsciano: De la revolución al banquete burgués

El viraje de Vargas Llosa al liberalismo es un caso de libro del transformismo gramsciano, ese proceso donde “la clase dominante absorbe a los elementos activos de las clases subalternas para neutralizar su potencial crítico” (Gramsci, 1975, p. 2190). En los años 60, Mario era un joven fogoso que apoyaba la Revolución Cubana, militaba en círculos marxistas en la Universidad de San Marcos, y soñaba con un mundo sin opresores. Sus primeras obras, como La ciudad y los perros y La casa verde, destilaban una sensibilidad de izquierda, una rabia contra las estructuras que aplastaban al pueblo peruano. Pero el caso Padilla (1971), donde el poeta Heberto Padilla fue encarcelado y humillado por el régimen castrista, marcó su ruptura. Horrorizado por el autoritarismo de izquierda, no buscó una crítica dialéctica para salvar el socialismo, sino que se arrojó a los brazos del liberalismo, un salto que Gramsci calificaría como la muerte ideológica del revolucionario.

Mariátegui, con su olfato para los traidores, lo habría destrozado: “Hay intelectuales que coquetean con la revolución en su juventud, solo para rendirse al poder por prestigio o comodidad” (Mariátegui, 1928, p. 203). Vargas Llosa, con su Nobel en 2010, sus columnas en diarios burgueses como El País, y sus paseos por los salones de la élite global —desde Madrid hasta Nueva York—, encarna esta apostasía con una elegancia que roza lo obsceno. Su defensa de la libertad individual, tan celebrada por los poderosos, es para Gramsci “un mito burgués que oculta la explotación colectiva” (Gramsci, 1975, p. 1640). En los 80 y 90, mientras América Latina era devastada por el neoliberalismo que él aplaudía —con millones arrojados a la pobreza por las privatizaciones y los ajustes—, Mario pontificaba sobre la libertad desde sus mansiones, ajeno al hambre que su evangelio de mercado sembraba.

Su vida personal, un culebrón de romances y escándalos que llenó portadas de Hola y Vanidades, es el colmo de la ironía. Mientras predicaba la “libertad” individual, vivía en la pompa de una sociedad decadente, donde sus amoríos eran un reflejo de la burguesía que confunde hedonismo con emancipación. Su ruptura con su esposa para unirse a una figura de la alta sociedad en 2015 fue un chisme jugoso para las élites, pero una bofetada para el pueblo que él decía representar en su juventud. Mariátegui remataría: “El intelectual que se alinea con las élites no solo traiciona al pueblo, sino que se convierte en una caricatura de sí mismo” (Mariátegui, 1928, p. 204). ¡Qué espectáculo, ver al antiguo camarada marxista convertido en el trovador del mercado libre, cantando loas a la misma burguesía que antes juró derrocar!

4. Sartre: El espejo incómodo que desnuda su colapso

El contraste con Jean-Paul Sartre es una puñalada al corazón de Vargas Llosa. En su ensayo Sartre, el ex camarada, Mario confiesa su deuda: “Su rechazo al Nobel en 1964 fue un acto de integridad que marcó mi juventud” (Vargas Llosa, 1986, p. 245). Pero luego lo traiciona, acusándolo de “ceguera ideológica” por apoyar a Cuba (Vargas Llosa, 1986, p. 247). Sartre, con todas sus contradicciones, nunca abandonó el socialismo científico. En Crítica de la razón dialéctica (1960), buscó una síntesis entre libertad individual y lucha colectiva, preguntándose cómo el individuo puede actuar en un mundo estructurado por la opresión de clase. Fue un esfuerzo titánico por reconciliar el existencialismo con el marxismo, reconociendo que la libertad del hombre está condicionada por las estructuras sociales que lo oprimen. Sartre, aun con sus errores, caminó por las barricadas, apoyó a los estudiantes en el Mayo del 68, y se negó a ser un cortesano de la burguesía.

Vargas Llosa, en cambio, nunca se molestó en un análisis serio del materialismo histórico. Su crítica al populismo latinoamericano y a Cuba es un chillido visceral, un eco de la propaganda liberal que llenó el vacío tras la caída de la URSS en 1991. Mientras Sartre debatía con los obreros en las fábricas, Mario debatía con banqueros en Davos. Mientras Sartre se enfrentaba al poder, Mario se sentaba a su mesa. Gramsci lo pondría en su lugar: La libertad individual que ignora las desigualades económicas y sociales,  es una quimera burguesa. El éxito de Vargas Llosa en la era postsoviética fue el de un mundo que celebró el “fin de la historia” mientras ignoraba las desigualdades que el neoliberalismo desataba en América Latina, donde, según la CEPAL, la pobreza creció un 30% en los 90 bajo las políticas que él aplaudía. Sartre intentó tender puentes entre el individuo y la clase; Vargas Llosa los dinamitó para construir un pedestal donde posar como profeta del mercado. ¡Qué ironía, que el hombre que admiró la coherencia de Sartre terminara como su antítesis, un apóstata que cambió la lucha por el cambio por los aplausos de las élites que saquean el continente!

5. Vargas Llosa y Fujimori: La farsa de la dialéctica burguesa

La incursión política de Vargas Llosa en el Perú, especialmente su candidatura presidencial en 1990, es un capítulo tragicómico que ilustra su papel como agente burgués. Desde el marxismo, la contienda entre Vargas Llosa y Alberto Fujimori no es una batalla de principios, sino una dialéctica interburguesa: el liberalismo puritano contra el populismo autoritario, dos máscaras del mismo capital que se disputan el control del Estado para perpetuar la explotación.

5.1. Vargas Llosa: El profeta de los ricos

En 1990, Vargas Llosa, al frente del Frente Democrático (Fredemo), fue el candidato de la gran burguesía peruana, que, como describe El dolor de la derecha, “creía que los asalariados aceptarían santificando con su voto un gobierno sin máscaras de la burguesía, sin costosos mediadores” (Anónimo, s.f.). Su campaña, financiada por empresarios y amplificada por medios como Caretas y El Comercio, prometía un “shock” neoliberal inspirado en el Consenso de Washington: privatizaciones masivas, apertura de mercados, ajustes económicos que harían sangrar a los pobres para engordar a los ricos. En un país devastado por la hiperinflación, que alcanzó el 7,649% en 1990 según el Banco Central de Reserva, y el terror de Sendero Luminoso, que dejaba miles de muertos, Vargas Llosa predicaba austeridad como si el pueblo tuviera algo más que sacrificar.

Su programa económico era un sueño húmedo para la burguesía: reducir el Estado a un cascarón, liberalizar el comercio, entregar las empresas públicas —como Petroperú o la minera Centromín— al capital extranjero. Pero para el obrero que apenas compraba pan, para el campesino que huía de las bombas, sus promesas eran una bofetada en la cara. De poco sirvió que almuerce en los barrios jóvenes y provincias con los pobres, que baile y vista de indígena. Vargas Llosa, con su torpe intento de “populismo de salón”, creía que una foto comiendo ceviche en un mercado o bailando huayno con un poncho prestado bastaría para ganarse al pueblo. ¡Qué desastre! lo pinta con crueldad: El pueblo lo miraba como quien ve a un marciano. Con su acento pulido, su aire de señorito limeño, y su discurso de “apretarse el cinturón”, Mario era un extranjero en su propio país, un profeta que hablaba a una multitud que no entendía su evangelio de mercado. ¡Qué ingenuidad tan encantadora, pensar que el Perú de 1990 votaría por un caballero que parecía más europeo que andino!

 

5.2. Fujimori: El mesías del lumpen

Frente a él emergió Alberto Fujimori, un outsider con pinta de profesor de matemáticas que se vendió como el salvador del pueblo. Apoyado por sectores lumpenproletarios —los marginados urbanos, los informales que vivían del rebusque— y la pequeña burguesía —comerciantes, pequeños empresarios al borde de la quiebra—, Fujimori prometió bienestar sin los sacrificios que Vargas Llosa exigía. Su campaña, con frases simples como “trabajo, honestidad, tecnología” y un aire de “yo no robo tanto”, conectó con un pueblo harto de élites distantes que los miraban desde las mansiones de San Isidro, un aventurero con ideas populares que desafió a la burguesía tradicional.

Desde el marxismo, el fujimorismo encarna una fuerza autoritaria que surge para estabilizar el capitalismo en crisis. El GPM, en su análisis del bonapartismo, lo explica con precisión: “El régimen militar es la reserva de última instancia para poner orden cuando la burguesía no puede mantener el equilibrio de su dominio” (GPM, 2003a). En 1990, el Perú era un polvorín: la crisis económica había pulverizado los salarios, el terrorismo de Sendero y el MRTA amenazaba con desestabilizar el país, y las facciones burguesas —desde los industriales hasta los terratenientes— estaban en guerra por el control. Fujimori, como un bonapartista moderno, se alzó como el árbitro que prometía orden, explotando la desesperación de las masas para ganar el poder. ¡Qué desastre! lo resume con mordacidad, con cuatro palabras simples y una cara de ‘yo no robo tanto’, Fujimori se metió al bolsillo a un pueblo harto de discursos pomposos y caras bonitas”.

Una vez en el poder, Fujimori traicionó sus promesas populistas con una velocidad que habría hecho sonrojar a Maquiavelo. Aplicó el mismo “shock” neoliberal que Vargas Llosa soñaba —privatizaciones, desregulación, apertura al capital extranjero—, pero con mano dura, disolviendo el Congreso en el autogolpe de 1992 y consolidando una dictadura que sirvió a las élites mientras aplastaba a las clases trabajadoras con represión y precariedad. Entre 1990 y 2000, su régimen redujo la inflación, pero a costa de salarios reales que cayeron un 40% y un desempleo que se disparó en los sectores populares, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática. Sendero Luminoso fue derrotado, pero con un costo de 70,000 muertos y desaparecidos, según la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Fujimori no era un mesías; era un capataz burgués con mejor olfato político que Mario, un bonapartista que, como dice el GPM, “tensa la relación entre los intereses particulares de la burocracia totalitaria y el interés general de la burguesía” (GPM, 2003a).

5.3. La dialéctica burguesa

La contienda de 1990 no fue entre libertad y tiranía, sino entre dos estrategias burguesas para perpetuar el dominio del capital. Vargas Llosa representaba el liberalismo puritano, que busca un capitalismo “limpio” y formal, con instituciones que protejan los negocios de la élite sin necesidad de garrote. Fujimori, el populismo autoritario, que usa la fuerza para imponer el mismo modelo económico, pero con un barniz de cercanía al pueblo que le asegura el apoyo de las masas desesperadas. El GPM lo deja claro: “Dictadura y democracia son fases complementarias del dominio burgués, alternancias que el capital utiliza para mantener el equilibrio de las relaciones de producción” (GPM, 2003a). En 1990, la burguesía peruana estaba fracturada: los sectores tradicionales apoyaban a Vargas Llosa, mientras otros, temerosos del caos, vieron en Fujimori una apuesta más segura para disciplinar al país.

¡Qué desastre! lo resume con crueldad, Fujimori terminó haciendo lo mismo que Vargas Llosa prometía, pero con menos glamour y más maña. La derrota de Vargas Llosa fue un batacazo para la derecha, su campeón, su orgullo, quedó en el polvo. Pero la ironía suprema es que Fujimori implementó las políticas neoliberales que Mario soñaba —privatizó más de 200 empresas públicas, abrió el mercado al capital extranjero, redujo los derechos laborales—, demostrando que ambos eran peones del mismo tablero. El fujimorismo, como señala el GPM, fue “una fuerza autoritaria que pone orden cuando la burguesía no puede mantener el equilibrio de su dominio” (GPM, 2003b). Vargas Llosa fustigó el populismo sin ver que su liberalismo era su gemelo malvado, una verdad que el marxismo desenmascara con claridad cristalina: ambos sirvieron al capital, uno con discursos de salón, el otro con tanques y sobornos.

5.4. El epílogo de la farsa

El colmo de la tragicomedia llegó en 2023, cuando Vargas Llosa recibió la Orden del Sol de manos de Dina Boluarte, una presidenta acusada de corrupción y de ordenar la represión de protestas que dejaron más de 50 muertos en 2022-2023, según informes de Amnistía Internacional. El personaje enajenado de su propia novela lo clava con una daga afilada: El joven Vargas Llosa habría visto en Boluarte a una heredera de Cayo Bermúdez, el villano corrupto de Conversación en la catedral que encarna la podredumbre del poder. El autor que destripó la “jodienda” del Perú terminó posando sonriente con una figura que apestaba a los vicios que él denunció hace medio siglo, un caballero limeño condecorado por un régimen que traicionaba su propia mitología. El GPM, analizando el bonapartismo, diría que Boluarte, como Fujimori, representa “la tendencia del burócrata estatal a convertir el Estado burgués en cosa propia, tensando la relación con la burguesía” (GPM, 2003a). Mario, al aceptar su medalla, no solo abrazó la farsa, sino que se convirtió en un extra de su propio culebrón, brindando con los mismos que perpetúan la miseria que juró combatir. ¡Oh, Mario, en qué momento te jodiste tú, traicionando al joven que soñaba con cambiar el mundo!

 

6. El epitafio de un desertor

Mario Vargas Llosa murió el 13 de abril de 2025, dejando un legado que brilla en las vitrinas burguesas pero se desmorona bajo el escrutinio marxista. Gramsci y Mariátegui lo habrían despedazado: un transformista que embelleció el capitalismo, un cosmopolita que traicionó al pueblo por los aplausos de la élite. Su literatura, un pilar de la superestructura, mistificó el poder mientras él se convertía en su sirviente, convirtiendo la explotación en un espectáculo que los ricos devoran con palomitas. Su lucha por la “libertad” fue una cortina de humo burguesa, una careta para disfrazar los intereses de la élite que él acabó sirviendo. Su aventura política, un fiasco que reveló su desconexión con las masas, lo enfrentó al fujimorismo, esa otra cara del capital que venció con maña lo que Mario no supo ganar con discursos.

En el espejo de Sartre, Vargas Llosa vio su propio colapso: no fue el rebelde que soñó en los 60, sino el cortesano que eligió en los 90. El GPM, con su bisturí marxista, lo sentencia: “El capital utiliza dictadura y democracia, corrupción y liberalismo, para perpetuar su dominio” (GPM, 2003a). y los intelectuales que lo sirven son sus mejores lacayos. Recordémoslo como el narrador que, con una pluma de oro, escribió el epitafio de su propia revolución, un bufón que cambió las barricadas por el brillo fugaz de un mundo que ya lo olvida. Mientras tanto, el pueblo peruano, al que nunca entendió, sigue buscando su redención en las cenizas de sus promesas rotas, luchando contra un sistema decadente que Mario, con su talento y su traición, ayudó a pulir hasta hacerlo brillar.

Referencias

  • Academia Sueca. (2010). Anuncio del Premio Nobel de Literatura. Recuperado de https://www.nobelprize.org/prizes/literature/2010/summary/.
  • Anónimo. (s.f.). El dolor de la derecha. [Proporcionado en el chat].
  • Gramsci, A. (1975). Cuadernos de la cárcel. Edizioni Einaudi.
  • Grupo de Propaganda Marxista (GPM). (2003a). Pinochet: Un caso de bonapartismo (Parte III). Recuperado de https://www.nodo50.org/gpm/pinochet/03.htm.
  • Grupo de Propaganda Marxista (GPM). (2003b). Pinochet: Un caso de bonapartismo (Introducción). Recuperado de https://www.nodo50.org/gpm/pinochet/00.htm.
  • Mariátegui, J. C. (1928). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Amauta.
  • Sartre, J.-P. (1960). Crítica de la razón dialéctica. Gallimard.
Vargas Llosa, M. (1986). Contra viento y marea. Seix


[1] Sí bien hay mucho cuestionamiento en cuanto al aporte de Mariátegui en cuanto al desarrollo de la teoría del valor o su poca rigurosidad al analizar la economía peruana por el poco uso de categorías del materialismo histórico, lo que aún sigue en debate, considero que es muy valioso su aporte en la difusión de Marxismo y su análisis de los temas culturales y literarios.


1 comentario:

  1. Supongo que esto e suna heregía al arte, a la identidad de los peruanos, como es posible que hablen así de Vargas Llosa???

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