Alejandro Ponce Escalante. LPM
Imaginemos la historia humana
no como un museo polvoriento de bustos parlantes, sino como un río caudaloso
que choca contra un campo de batalla eterno. Antonio Gramsci, ese profeta
encadenado en las mazmorras fascistas, nos legó una danza dual en sus Cuadernos
de la Cárcel: la gran política, esa sinfonía épica nacida en las calles,
huelgas y levantamientos, donde clases en colisión cuestionan quién manda y
para quién, derribando hegemonías con la fuerza poética de un huracán
proletario; y la pequeña política, ese espectáculo risible de marionetas y
sombras, donde los peones del poder se revuelcan en intrigas palaciegas,
alianzas efímeras y mendrugos presupuestarios, subordinando fines
revolucionarios a los medios burgueses del status quo.
En el Perú de este 17 de
octubre de 2025, la grandeza no reside en los salones dorados del Palacio de
Gobierno, sino en las plazas ardientes y las calles bullentes. Allí,
estudiantes, jóvenes de la Generación Z, trabajadores, pueblos originarios y
organizaciones sociales claman no por parches cosméticos, sino por la
demolición de la mafia congresal que ha convertido la democracia en un negocio
familiar corrupto. Exigen un nuevo amanecer más allá de las cadenas
capitalistas, contra la podredumbre enquistada que devora sueños colectivos. Y
sin embargo, ¡qué ironía amarga y cómica a la vez! Mientras el pueblo grita
"¡fuera la mafia!", sus supuestos "representantes"
regionales se arrodillan como mendigos ante el nuevo titiritero, el presidente
José Jerí —ese continuador perfumado de la misma represión y corrupción que
antes denunciaban.
Contemplemos al alcalde de
Pataz, Aldo Carlos Mariños, ese gladiador antisistema convertido en bufón. Se
presentó como un Espartaco andino, marchando 47 días desde las alturas mineras
de La Libertad en una "Marcha del Sacrificio" bajo sol, polvo y
promesas, rugiendo contra la gestión sangrienta de Dina Boluarte, vacada por el
Congreso como una hoja marchita. Jóvenes, trabajadores y ciudadanos conscientes
lo vieron como un faro en la niebla del conformismo, depositando esperanzas en
su rebelión. ¿Y qué hace este héroe al llegar a Lima? No trae un programa
revolucionario ni una crítica al extractivismo capitalista; solo se inclina
ante Jerí, clamando por una carretera polvorienta y un hospital que cure
heridas superficiales.
¡Oh, qué giro sorpresivo! De
rebelde a mendigo presupuestal, ahora ataca las manifestaciones que bullen en
las plazas —esas que exigen no tajadas, sino la caída de la hidra congresal que
Jerí representa—. Pequeña política en esplendor: un hospital por un alma
vendida, silencio por migajas.
No menos camaleónico es Werner Salcedo, gobernador regional de Cusco, ese bailarín de las alturas andinas. En 2023, ¡qué bravura inicial! Pronunciándose por la renuncia de Boluarte mientras el pueblo moría en las calles bajo represión sangrienta, uniéndose al coro de los oprimidos. Pero el tiempo, traidor caprichoso, lo vio besar las manos enjoyadas —con Rolex incluido?— en Ayacucho, junto a su "waiky" (compañero de fechorías), para luego aferrarse a aliados "somistas" (fujimoristas disfrazados) en su último año de gestión. Ahora, con Boluarte caída, Salcedo respalda a Jerí con efusiva lealtad, anunciando con lágrimas de cocodrilo que el nuevo mandatario pisará suelo cusqueño —a diferencia de la "fantasma" anterior— solo para mendigar más presupuesto y culminar su mandato sin renuncias heroicas. Mientras, descalifica a la Gen Z que ve en Jerí no un salvador, sino el eco eterno de la mafia. Pequeña política: un beso traidor por un cheque fiscal, selfies institucionales por dignidad vendida.
Y qué decir de Rohel Sánchez,
gobernador de Arequipa, ese fiel escudero de la corte boluartista. Alineado en
secreto con Dina en reuniones ocultas, defendiendo su gobierno contra censuras
y protestas con una postura "tibia" que quema el alma revolucionaria.
Ahora, con el trono cambiado, exige a Jerí "respeto" al presupuesto
regional, jurando que ningún proyecto se detendrá —¡endeudamiento aprobado para
hospitales inconclusos!—. Sus ojos evitan las calles donde las organizaciones
sociales claman contra la continuidad de la corrupción, mirando hacia otro lado
mientras promete milagros financiados con deuda. Sarcasmo divino: de defensor
acérrimo de Boluarte a suplicante de Jerí, atacando las manifestaciones como mosquitos
molestos en su banquete presupuestal. Para él, la protesta no es democracia,
sino ruido que interrumpe el festín contable.
Por último, el caso más viral y curioso: Franco Vidal, el alcalde tiktoker de Ate, ese influencer limeño que acumula likes como migajas en TikTok —con +5 millones de vistas en sus bailes políticos!—. Convertido en estrella de reality show municipal, transforma la política en un concurso donde los pobres son figurantes y el presupuesto, el premio. Invitado al festín gubernamental, baila al ritmo de likes mientras denuncia "ataques" en las protestas, capturando disparos en plazas como Francia o París para culpar a los manifestantes. Su lema no es "libertad, igualdad, fraternidad", sino "likes, obras y expulsiones de indocumentados". De influencer antisistema a verdugo de la Gen Z, prioriza serenazgo sobre solidaridad, vendiéndose ante Jerí en discursos frontales que ocultan traición por "desarrollo" capital limeño. ¡Qué poesía en 15 segundos!
Estos personajes no son
traidores por maldad pura: son funcionales al sistema, revelados por la pequeña
política que no los corrompe, sino que los expone. Nunca quisieron derribar el
capitalismo provincial; solo un asiento más cómodo en su banquete de migajas,
presupuestos raquíticos y obras que parchean el extractivismo regional. Solo llevan agua para su molino, confinados al fogón de lo pequeño, disputando tajadas
como perros bajo la mesa del capital.
Mientras tanto, la gran
política late en las venas de las manifestaciones: en asambleas barriales,
tomas de carreteras, gritos de "¡fuera la mafia!" contra la
podredumbre que Jerí perpetúa. Soñamos con un Perú donde el río de la historia
no se estanque en charcos de corrupción, sino que fluya hacia la emancipación.
Pero cuidado, soñadores de las plazas: ese clamor de "¡que se vayan
todos!", como disecciona el Grupo de Propaganda Marxista (GPM) en sus
trabajos afilados, es una espada de doble filo. Eco de crisis como la Argentina
de 2001, ese grito pequeñoburgués cambia rostros en el teatro capitalista,
perpetuando la explotación sin tocar raíces, abriendo puertas a reformas
oportunistas o golpes reaccionarios, en lugar de la revolución proletaria que
arrase con todo.
La pequeña política ofrece
hospitales a cambio de silencio, presupuestos simbólicos por sumisión. La gran
política exige que nadie mendigue salud, educación o dignidad. Si los
"líderes" regionales prefieren ser mendigos con título, que lo sean.
Pero que no llamen "paz" a su cobardía, ni "realismo" a su
traición. Porque la historia no la hacen los que piden permiso para existir,
sino los que se toman el poder —con el puño unido del proletariado— para
transformarla en una nueva realidad.