martes, 30 de diciembre de 2025

CÉSAR SAN MARTÍN CASTRO: EL GUARDIÁN ENCORVADO DE LA CASTA JUDICIAL PERUANA

Ah, César San Martín Castro, ese ilustre jurista limeño nacido en 1955, con su toga impoluta y su martillo que resuena como el eco de un pasado que se niega a morir. Presidente de la Corte Suprema del Perú en su momento de gloria, el hombre que presidió el juicio contra Alberto Fujimori, condenándolo por violaciones a los derechos humanos en un espectáculo que, ironía de la historia, sirvió para lavar la cara del sistema que Fujimori mismo había fortalecido. Pero, ¿quién es realmente este representante de la "casta judicial"? No un héroe de la democracia, sino un engranaje bien aceitado en la maquinaria de opresión burguesa, un asalariado de lujo que ha forjado su proyecto de vida en los pasillos del Poder Judicial, sobreviviendo a dictaduras y democracias por igual.

Sin embargo, para entender su verdadera función, basta mirar el presente inmediato, donde la farsa cobra dimensiones grotescas. La reciente liberación de Alberto Fujimori, validada por un Tribunal Constitucional servil y ante la mirada pasiva de la Corte Suprema, expone la fragilidad de aquella "sentencia histórica" de San Martín. Lo que ayer fue un lauro para legitimar al Estado de Derecho, hoy se disuelve en el aire; demostrando que, para la burguesía, la legalidad es un chicle que se estira o se rompe según la necesidad política del momento. San Martín queda así, no como el verdugo del dictador, sino como el burócrata que administró una condena temporal necesaria para calmar las aguas, mientras el modelo económico fujimorista permanecía intacto e intocable.

Más aún, en la actual coyuntura de crisis política y represión, la figura de San Martín y sus pares adquiere un matiz siniestro. Mientras el régimen de turno —sostenido por las armas y el pacto congresal— criminaliza la protesta social, la casta judicial actúa como la retaguardia ideológica de la represión. Lejos de defender las garantías constitucionales del pueblo movilizado, la Corte Suprema emite casaciones y sentencias que equiparan la protesta con la extorsión y el vandalismo, blindando legalmente a las fuerzas del orden. En este contexto, San Martín no es un contrapeso al poder autoritario, sino su validador "civilizado", asegurando que la masacre de campesinos y obreros tenga un barniz de legalidad procesal.

Imaginémoslo como un viejo roble en el jardín neoliberal peruano: raíces hundidas en la tierra extractiva, ramas extendidas hacia los cielos de los privilegios, pero tronco hueco, alimentado por la savia de un sistema que margina a las masas. Esta casta judicial –jueces supremos, fiscales supremos, funcionarios de la JNJ y del Tribunal Constitucional– no es más que un grupo de "trabajadores" del Estado, sí, pero elevados subjetivamente por encima de su condición de asalariados. Como bien señalaba el Grupo de Propaganda Marxista(1), estos catedráticos y jueces "se han elevado subjetivamente por encima de su condición de asalariados y han jugado el papel de soporte político a sueldo del sistema burgués". ¡Qué poesía! Son los sirvientes disfrazados de señores, predispuestos a identificarse con los intereses del capital mientras el sistema deprime sus propias condiciones.

En el Perú neoliberal, este modelo extractivo y marginador, la casta administra una "justicia" constitucional que es, en esencia, la justicia de la burguesía. Como explicaba Lenin en El Estado y la Revolución, citando a Engels: "El Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra". Aquí, el Poder Judicial actúa como el fiel cancerbero del capital, ladrando con vehemencia ante cualquier atisbo de cambio. Recordemos la reacción ante Pedro Castillo, el profesor rural que irrumpió en palacio como un vendaval campesino. ¡Oh, qué escándalo! La casta coordinó con la fiscalía y el aparato represivo para criminalizar a los luchadores, fabricando casos con sus servicios de inteligencia para destruir cualquier alternativa de origen popular.

Marx y Engels lo vieron claro en el Manifiesto Comunista: "El poder estatal moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa". En el Perú, la casta judicial es el baluarte de la reacción, defendiendo un modelo que extrae minerales y margina a indígenas, mientras ellos chorrean privilegios. Recientemente, se han autoaumentado salarios que superan los de cualquier mortal, financiados por tasas judiciales que asfixian a la población. Es como si el Estado fuera una ubre hinchada, y ellos, las garrapatas reales, succionando hasta la última gota mientras el proletariado se ahoga en la pobreza.

Desde una perspectiva de justicia democrática –o mejor dicho, de justicia proletaria–, estos no son más que trabajadores alienados, forjados en el fuego de la burocracia estatal. Pero, ¡ay!, el capitalismo los deprime. Aunque la tendencia objetiva, como advertía el Grupo de Propaganda Marxista, es romper ese bloque de poder e incorporarlos al movimiento de masas, en la práctica defienden sus intereses de grupo con uñas y dientes. No hay reforma posible; el Estado no se reforma desde dentro. Es un aparato de represión que debe ser neutralizado en un programa político revolucionario, empezando por cortar sus recursos, esa "teta privilegiada" de la que viven.

En fin, César San Martín, con su biografía de juez "incorruptible", no es sino el epítome de esta farsa: un asalariado de élite que juzga a los tiranos del ayer para perpetuar la tiranía de hoy. Como un verso de Vallejo en España, aparta de mí este cáliz, estos guardianes del orden burgués son "cadáveres de una vida que nunca fue", defendiendo un sistema caduco mientras el proletariado, la clase mayoritaria y revolucionaria, espera su hora. ¡Que la solidaridad de clase los despierte, o que la revolución los barra como hojas secas en el viento de la historia!

(1) Grupo de Propaganda Marxista: www.nodo50.org/gpm

viernes, 17 de octubre de 2025

DE REBELDE DE PATAZ A MENDIGO EN EL PALACIO DE GOBIERNO: LAS LIMITACIONES DE LA PEQUEÑA POLÍTICA

 

Alejandro Ponce Escalante. LPM

 

Imaginemos la historia humana no como un museo polvoriento de bustos parlantes, sino como un río caudaloso que choca contra un campo de batalla eterno. Antonio Gramsci, ese profeta encadenado en las mazmorras fascistas, nos legó una danza dual en sus Cuadernos de la Cárcel: la gran política, esa sinfonía épica nacida en las calles, huelgas y levantamientos, donde clases en colisión cuestionan quién manda y para quién, derribando hegemonías con la fuerza poética de un huracán proletario; y la pequeña política, ese espectáculo risible de marionetas y sombras, donde los peones del poder se revuelcan en intrigas palaciegas, alianzas efímeras y mendrugos presupuestarios, subordinando fines revolucionarios a los medios burgueses del status quo.

En el Perú de este 17 de octubre de 2025, la grandeza no reside en los salones dorados del Palacio de Gobierno, sino en las plazas ardientes y las calles bullentes. Allí, estudiantes, jóvenes de la Generación Z, trabajadores, pueblos originarios y organizaciones sociales claman no por parches cosméticos, sino por la demolición de la mafia congresal que ha convertido la democracia en un negocio familiar corrupto. Exigen un nuevo amanecer más allá de las cadenas capitalistas, contra la podredumbre enquistada que devora sueños colectivos. Y sin embargo, ¡qué ironía amarga y cómica a la vez! Mientras el pueblo grita "¡fuera la mafia!", sus supuestos "representantes" regionales se arrodillan como mendigos ante el nuevo titiritero, el presidente José Jerí —ese continuador perfumado de la misma represión y corrupción que antes denunciaban.

Contemplemos al alcalde de Pataz, Aldo Carlos Mariños, ese gladiador antisistema convertido en bufón. Se presentó como un Espartaco andino, marchando 47 días desde las alturas mineras de La Libertad en una "Marcha del Sacrificio" bajo sol, polvo y promesas, rugiendo contra la gestión sangrienta de Dina Boluarte, vacada por el Congreso como una hoja marchita. Jóvenes, trabajadores y ciudadanos conscientes lo vieron como un faro en la niebla del conformismo, depositando esperanzas en su rebelión. ¿Y qué hace este héroe al llegar a Lima? No trae un programa revolucionario ni una crítica al extractivismo capitalista; solo se inclina ante Jerí, clamando por una carretera polvorienta y un hospital que cure heridas superficiales.

¡Oh, qué giro sorpresivo! De rebelde a mendigo presupuestal, ahora ataca las manifestaciones que bullen en las plazas —esas que exigen no tajadas, sino la caída de la hidra congresal que Jerí representa—. Pequeña política en esplendor: un hospital por un alma vendida, silencio por migajas.


No menos camaleónico es Werner Salcedo, gobernador regional de Cusco, ese bailarín de las alturas andinas. En 2023, ¡qué bravura inicial! Pronunciándose por la renuncia de Boluarte mientras el pueblo moría en las calles bajo represión sangrienta, uniéndose al coro de los oprimidos. Pero el tiempo, traidor caprichoso, lo vio besar las manos enjoyadas —con Rolex incluido?— en Ayacucho, junto a su "waiky" (compañero de fechorías), para luego aferrarse a aliados "somistas" (fujimoristas disfrazados) en su último año de gestión. Ahora, con Boluarte caída, Salcedo respalda a Jerí con efusiva lealtad, anunciando con lágrimas de cocodrilo que el nuevo mandatario pisará suelo cusqueño —a diferencia de la "fantasma" anterior— solo para mendigar más presupuesto y culminar su mandato sin renuncias heroicas. Mientras, descalifica a la Gen Z que ve en Jerí no un salvador, sino el eco eterno de la mafia. Pequeña política: un beso traidor por un cheque fiscal, selfies institucionales por dignidad vendida.

Y qué decir de Rohel Sánchez, gobernador de Arequipa, ese fiel escudero de la corte boluartista. Alineado en secreto con Dina en reuniones ocultas, defendiendo su gobierno contra censuras y protestas con una postura "tibia" que quema el alma revolucionaria. Ahora, con el trono cambiado, exige a Jerí "respeto" al presupuesto regional, jurando que ningún proyecto se detendrá —¡endeudamiento aprobado para hospitales inconclusos!—. Sus ojos evitan las calles donde las organizaciones sociales claman contra la continuidad de la corrupción, mirando hacia otro lado mientras promete milagros financiados con deuda. Sarcasmo divino: de defensor acérrimo de Boluarte a suplicante de Jerí, atacando las manifestaciones como mosquitos molestos en su banquete presupuestal. Para él, la protesta no es democracia, sino ruido que interrumpe el festín contable.


Por último, el caso más viral y curioso: Franco Vidal, el alcalde tiktoker de Ate, ese influencer limeño que acumula likes como migajas en TikTok —con +5 millones de vistas en sus bailes políticos!—. Convertido en estrella de reality show municipal, transforma la política en un concurso donde los pobres son figurantes y el presupuesto, el premio. Invitado al festín gubernamental, baila al ritmo de likes mientras denuncia "ataques" en las protestas, capturando disparos en plazas como Francia o París para culpar a los manifestantes. Su lema no es "libertad, igualdad, fraternidad", sino "likes, obras y expulsiones de indocumentados". De influencer antisistema a verdugo de la Gen Z, prioriza serenazgo sobre solidaridad, vendiéndose ante Jerí en discursos frontales que ocultan traición por "desarrollo" capital limeño. ¡Qué poesía en 15 segundos!

Estos personajes no son traidores por maldad pura: son funcionales al sistema, revelados por la pequeña política que no los corrompe, sino que los expone. Nunca quisieron derribar el capitalismo provincial; solo un asiento más cómodo en su banquete de migajas, presupuestos raquíticos y obras que parchean el extractivismo regional. Solo llevan agua para su molino, confinados al fogón de lo pequeño, disputando tajadas como perros bajo la mesa del capital.

Mientras tanto, la gran política late en las venas de las manifestaciones: en asambleas barriales, tomas de carreteras, gritos de "¡fuera la mafia!" contra la podredumbre que Jerí perpetúa. Soñamos con un Perú donde el río de la historia no se estanque en charcos de corrupción, sino que fluya hacia la emancipación. Pero cuidado, soñadores de las plazas: ese clamor de "¡que se vayan todos!", como disecciona el Grupo de Propaganda Marxista (GPM) en sus trabajos afilados, es una espada de doble filo. Eco de crisis como la Argentina de 2001, ese grito pequeñoburgués cambia rostros en el teatro capitalista, perpetuando la explotación sin tocar raíces, abriendo puertas a reformas oportunistas o golpes reaccionarios, en lugar de la revolución proletaria que arrase con todo.

La pequeña política ofrece hospitales a cambio de silencio, presupuestos simbólicos por sumisión. La gran política exige que nadie mendigue salud, educación o dignidad. Si los "líderes" regionales prefieren ser mendigos con título, que lo sean. Pero que no llamen "paz" a su cobardía, ni "realismo" a su traición. Porque la historia no la hacen los que piden permiso para existir, sino los que se toman el poder —con el puño unido del proletariado— para transformarla en una nueva realidad.

miércoles, 30 de abril de 2025

¿POR QUÉ EL MARXISMO ES CIENTÍFICO? (CORRESPONDENCIA CON EL GRUPO DE PROPAGANDA MARXISTA)


Introducción


Como militante marxista y exintegrante del Centro de Investigación Marxista de Perú, he dedicado años al estudio y la difusión del materialismo histórico, convencido de que su rigor científico es la clave para comprender y transformar la sociedad. En esta entrada de mi blog, comparto una correspondencia que sostuve en 2005 con el Grupo de Propaganda Marxista (GPM), un colectivo cuyo trabajo teórico ha sido fundamental para mi formación política. Este intercambio, centrado en la pregunta “¿Por qué el marxismo es científico?”, refleja un momento clave en mi formación política, cuando, como parte de un círculo de estudio, elaboré un artículo que luego enriquecí gracias a la crítica rigurosa del GPM. Publicar estas cartas no solo es un ejercicio de memoria histórica, sino también un homenaje al poder del diálogo colectivo en la construcción del conocimiento revolucionario. Mi artículo, inspirado en los aportes de Antonio Gramsci, y la respuesta del GPM, que profundiza en las premisas reales del marxismo, ofrecen una reflexión profunda sobre la cientificidad del materialismo histórico, cuya relevancia sigue vigente en nuestra lucha por una sociedad sin clases.

 

Explicación de la correspondencia


La correspondencia que presento en esta entrada tuvo lugar entre septiembre y noviembre de 2005, cuando, como parte de un círculo de estudio en el Centro de Investigación Marxista de Perú, recibí la tarea de escribir un artículo sobre el carácter científico del marxismo. Mi carta, enviada al GPM el 7 de septiembre de 2005, expone mi análisis inicial, basado en los aportes de Gramsci, quien plantea que lo científico es racional en función de un fin, como la superación del capitalismo mediante la organización política del proletariado. Argumenté que el marxismo es científico por su capacidad de partir de premisas reales, rechazar utopías y garantizar la independencia del proletariado en sus fines históricos.

La respuesta del GPM, recibida el 13 de noviembre de 2005, enriqueció mi perspectiva al señalar una distinción crucial: no todo lo científico es racional si las premisas no son reales, como en el caso de Hegel, quien aplicó un método científico a un objeto místico. El GPM subraya que el marxismo es científico porque aplica el método dialéctico a premisas materiales, como la producción social y la lucha de clases, permitiendo prever la necesidad histórica del cambio social. Esta crítica me ayudó a comprender que la racionalidad marxista no es utilitarista, sino que se fundamenta en la verdad objetiva, como expresó Lenin: “La verdad es revolucionaria”. La inclusión de citas de Marx, Engels y Gramsci, junto con la referencia a la teoría del derrumbe del capitalismo, refuerza la idea de que el marxismo no solo analiza la realidad, sino que orienta la acción revolucionaria.

Publicar esta correspondencia en mi blog tiene un propósito doble: preservar un documento que marcó mi desarrollo teórico y compartir con los lectores una discusión que ilustra la fuerza del marxismo como ciencia. Las cartas muestran cómo el intercambio entre militantes, aun a miles de kilómetros de distancia, puede generar un aprendizaje profundo y reafirmar el compromiso con la emancipación del proletariado. Invito a los lectores a reflexionar sobre estas ideas y a unirse al estudio del materialismo histórico como herramienta para transformar el mundo.

 

Alejandro Ponce Escalante

Exintegrante del Centro de Investigación Marxista de Perú

 

 

Carta al GPM, 07 de setiembre de 2005.

Hola, compañeros del GPM. En el círculo en el que estudio se ha asignado la tarea de escribir artículos de forma obligatoria para evaluar el nivel de todos los compañeros. Este es mi artículo, en el que recopilo algunos aportes de Gramsci, principalmente.

El tema planteado en la reunión es: ¿por qué el marxismo es científico? A continuación, presento mi respuesta:

Según Gramsci[1], lo científico es todo lo racional, pero racional en función de un fin que se desea alcanzar. Esto se traduce, por ejemplo, en producir al máximo con el mínimo esfuerzo. Este hecho implica también seleccionar los actos y operaciones que conducen a ese fin, considerando la técnica como un complemento de la ciencia.

Se ha intentado asociar el término “ciencia” al de “método”, generando cierto fetichismo por los métodos desarrollados en las ciencias naturales. Sin embargo, no se puede plantear un método universal, pues cada investigación tiene un método propio con el que construye su sistema científico. Esto se debe a que investigación, método y ciencia constituyen un todo único; el método, entonces, es el contenido particular consustancial a toda ciencia.

El marxismo se propone superar las lacras sociales derivadas de la división de la sociedad en clases, la explotación, la alienación y los problemas generados por las crisis capitalistas, que provienen de la naturaleza social del capital y de todas las sociedades que le precedieron.

El marxismo ha creado la teoría y el conocimiento que, partiendo de premisas reales, determina que la organización política del proletariado en un partido para la toma del poder y la implementación de un programa posibilitan el libre desarrollo de las fuerzas productivas, la extinción de las clases sociales y el retorno a una condición de humanidad que domine la producción.

Este planteamiento es el más racional, el camino más corto y con el menor costo de sufrimiento (en recursos y vidas humanas) para la urgente superación del capitalismo.

Muchas corrientes de pensamiento también se han propuesto llegar a una sociedad sin clases, partiendo de ideales o recreando la imaginación. Sin embargo, el marxismo ha demostrado que esos ideales tienen su origen en las propias contradicciones del capitalismo y que, al no basarse en premisas reales, devienen utópicos e inviables. De esto se ocuparon Marx, Engels y todos los precursores del materialismo histórico.

Algunos malintencionados han querido utilizar aquellos argumentos utópicos para usar la política como un peldaño para ascender a una clase social más elevada (reformistas, mercenarios). Los teóricos del marxismo siempre los han desenmascarado y demostrado su mediocridad. Asimismo, de forma premeditada, se ha intentado separar algunos conceptos del marxismo para revisarlos y llegar a conclusiones diferentes. Sin embargo, al ser tan contundente, al marxismo no se le puede ser indiferente sin caer en la arbitrariedad.

El marxismo o materialismo histórico es también científico porque es ortodoxo, es decir, todopoderoso. El materialismo histórico es la única ciencia que se basta a sí misma, pues contiene todos los elementos para el estudio y la organización práctica de toda la sociedad. De ahí que sea la única teoría que, al no tener lagunas ideológicas o científicas, garantiza la independencia del proletariado en cuanto a sus fines políticos e históricos.

¿Y cómo se ha traducido esto en lenguaje filosófico? El marxismo, al no dejar ni un milímetro a la metafísica, plantea que el hombre tiene la capacidad de transformar cualquier aspecto de la realidad. Esto es el historicismo absoluto o la terrenalización absoluta del pensamiento, lo que se ha traducido en el humanismo más consecuente.

Alejandro Ponce E.

 

 

Respuesta del GPM:13 de noviembre de 2005.

 

Compañero Alejandro:

Usted afirma que toda racionalidad es científica. Cierto. Pero no todo lo científico es racional, si entendemos por racional lo verdadero como condición de una realidad efectiva, a diferencia de lo que simplemente existe, aunque sea no verdadero o falso, como una ilusión, un dogma o una realidad que ha dejado de ser racional en tanto que su existencia le impide cada vez más realizar la lógica o principio activo que constituye su esencia, como vivir del trabajo ajeno. Tal es el caso del capitalismo, según progresan las fuerzas productivas al interior de esa formación social, donde la burguesía:

«No es capaz de dominar porque no puede asegurar a sus esclavos la existencia ni siquiera en las condiciones de su propia esclavitud, porque se ve obligada a dejarles decaer hasta el punto de tener que mantenerles en lugar de ser mantenida por ellos…» (K. Marx-F. Engels: Manifiesto Comunista, I).

La afirmación de que no todo lo científico es racional puede parecer paradójica, pero no lo es. La prueba está en que Marx nunca puso en tela de juicio que el método dialéctico presentado por Hegel en su Ciencia de la Lógica sea científico, porque en El Capital demostró que lo es. Sin embargo, la cientificidad probada de una metodología de pensamiento puede volverse irracional cuando se aplica a premisas que no tienen relación con la realidad. En el caso de Hegel, porque aplicó su método científico a un objeto místico: la Santísima Trinidad cristiana. Es decir, en su Ciencia de la Lógica, subsumió la racionalidad científica de su método en la irracional concepción teológica judeocristiana del mundo.

Por eso, nunca será suficiente recusar el prejuicio de que el marxismo se distingue solo por su metodología científica. El pensamiento materialista histórico no se distingue únicamente por esto, sino principalmente porque se aplica sobre un objeto real, del que solo es posible abstraerse mediante la imaginación. Ese objeto consiste en que el ser humano —su ser social— necesita trabajar para vivir. En la sociedad de clases, esta necesidad se ha desdoblado entre quienes necesitan trabajar para vivir y quienes viven del trabajo ajeno. Esto ha sido así tras la superación histórica de la sociedad comunista primitiva.

Desarrollemos brevemente el ejemplo de un método científico de pensamiento aplicado a premisas ilusorias o falsas. Hegel partió de la dialéctica entre el ser y la nada. En un segundo momento, de esa dialéctica entre el ser del pensamiento en general y la nada, que es lo mismo, surge el devenir. ¿El devenir de qué? Del ser, pero como puro pensamiento, dado que, para Hegel, el ser que el pensamiento toma como objeto de su actividad es el mismo pensamiento: las categorías del ser. Aquí, al poner el principio activo del devenir del ser —como síntesis originaria de la dialéctica entre ser y nada— en el pensamiento, ese devenir del ser ni siquiera está lógicamente determinado por el pensamiento puramente humano, sino por el pensamiento divino, por el Dios Padre, que en un segundo momento se humaniza en el Hijo para volver finalmente a los cielos como síntesis de la dialéctica complementaria entre el Padre y el Hijo, representada en la paloma del Espíritu Santo. Aquí, la concepción hegeliana del mundo se reveló como “teología racionalizada”, al decir con acierto de Feuerbach, el primer gran crítico radical de su sistema filosófico.

En efecto, Hegel comienza su Ciencia de la Lógica identificando al pensamiento como sujeto sin predicado, sin atributos, como pensamiento en general. Entonces dice: este pensamiento, como sujeto sin predicado, del que no se puede predicar o afirmar algo, no es nada. De aquí surge el primer acto de la dialéctica entre el ser del pensamiento en general y la nada, contradicción que Hegel sintetizó lógicamente en el devenir, que es cuando el pensamiento supera la nada del ser sujeto sin predicado y se determina como devenir. ¿Devenir de qué? Del pensamiento, naturalmente, del “pensamiento que se piensa a sí mismo” y que crea el “ser en sí”. ¿El ser en sí de qué? Del pensamiento. Es decir, un pensamiento cuyo objeto es el mismo pensamiento. Tal es la premisa de la cual parte Hegel: una abstracción dogmática absoluta de carácter religioso y socialmente estamental, para terminar justificando la identidad entre el Dios cristiano y el monarca prusiano Federico Guillermo III, como representante de Dios en la Tierra. Una arbitrariedad de su pensamiento respecto de la realidad del mundo, sin duda condicionada por el lugar acomodado que a Hegel le tocó vivir en la sociedad de su tiempo, condición frente a la que no tuvo el valor de sobreponerse, ni con el pensamiento ni con su acción consecuente. De ahí las premisas teológicas del pensamiento contrarrevolucionario dominante que debió adoptar y a las cuales aplicó su método dialéctico revolucionario.

Al contrario que Hegel, ¿de qué premisas partieron Marx y Engels? Así lo expresan por primera vez en 1845:

«Las premisas de que partimos no son arbitrarias, no son dogmas, sino premisas reales, de las que solo es posible abstraerse en la imaginación. Son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas que se han encontrado ya hechas, como las engendradas por su propia acción. Estas premisas pueden comprobarse, consiguientemente, por la vía puramente empírica.» (La ideología alemana, § 2).

Por tanto, no todo pensamiento científico es racional, es decir, verdadero. El materialismo histórico es un pensamiento científico porque es, ante todo, racional. ¿Por qué es racional? No solo por su método científico, sino por las premisas a las cuales aplica el método de pensamiento. Y si se trata de descubrir la verdad de la historia de la humanidad, hay que definir las premisas que caracterizan desde su origen a la especie humana, definiéndola por lo que realmente es, por su carácter distintivo.

¿En qué consisten esas premisas que definen el carácter distintivo de los seres humanos? La primera y primordial premisa consiste en que los seres humanos no recolectan, sino que producen sus medios de vida. Por tanto, se caracterizan por su trabajo social, por sus fuerzas sociales productivas. La segunda premisa se presenta como la división del trabajo. La tercera, como formas históricas de propiedad o relaciones de producción que las fuerzas productivas se dan para sí en cada período de su desarrollo.

De todas estas premisas articuladas surge la dialéctica entre relaciones de producción y fuerzas productivas, cuyo polo trascendente son las fuerzas productivas que periódicamente superan a las relaciones de propiedad bajo las cuales se han desarrollado, para inaugurar sucesivos períodos bajo sus correspondientes relaciones de producción acordes con el progreso de su desarrollo.

Según esta lógica dialéctica que explica la historia o el progreso histórico de la humanidad, una vez superado el período correspondiente al tipo de propiedad social del comunismo primitivo, la dialéctica histórica entre las fuerzas productivas y sus correspondientes relaciones de producción se tradujo socialmente en relaciones entre clases sociales: explotadores y explotados, que a través de cada formación social han ido determinando el devenir prehistórico de las fuerzas sociales productivas. Prehistórico, porque la verdadera historia de la humanidad comenzará con el advenimiento de la sociedad sin clases, que será la historia de la humanidad desalienada o emancipada respecto de sí misma. Y es que, al emanciparse humanamente de la última categoría política dominante al interior de la sociedad de clases, el proletariado emancipa a su ser humano contrario, la burguesía, de su propia enajenación respecto de su capital. Porque, como dijera Marx, la burguesía bajo el capitalismo también está enajenada, “solo que su enajenación le hace sentir bien”.

Agotamos aquí la observación acerca de que todo lo racional es científico, demostrando que un método de pensamiento racional se vuelve irracional si las premisas que constituyen su objeto no son reales, sino ilusorias o dogmáticas y, por tanto, falsas.

Seguidamente, usted dice que “…científico es todo lo racional, conforme a un fin que se quiere obtener”. Desde el punto de vista del rigor científico-social, esto puede aceptarse si el resultado que se quiere obtener es históricamente necesario. De no cumplirse tal condición, adecuar o conformar el pensamiento a determinados fines, sean particulares —como hacen las distintas fracciones de la burguesía— o pretendidamente humanitarios —como han venido haciendo todos los socialistas desde el siglo XIX hasta Marx—, no es ciencia, sino todo lo contrario.

La ciencia consiste en descubrir, por mediación del pensamiento, lo que hay de objetivamente necesario en su objeto (sus premisas), teniendo en cuenta que su necesidad objetiva es su verdad, su autenticidad, lo que le hace ser por sí mismo según su naturaleza y no según lo que desde fuera de ese objeto se quiere hacer de él, sin conocer su legalidad objetiva. Por ejemplo: ¿en qué consiste la necesidad de los vegetales en general? En la ley de la fotosíntesis. ¿Y en qué consiste la necesidad de la sociedad burguesa? En la Ley General de la Acumulación Capitalista, derivada de la Ley fundamental del valor.

En la ciencia, se trata, pues, de descubrir lo necesario o apodíctico en cada objeto del conocimiento, es decir, la ley causal fundamental que hace a la naturaleza específica de cada objeto, como condición sine qua non para su transformación.

Según usted ha definido lo racional, en cambio, se desemboca alternativamente en un utilitarismo pragmático o en un voluntarismo ingenuo o utópico, ambos ubicados en las antípodas de la ciencia. Y es que, tanto el pragmatismo burgués en que culminó la escuela económica subjetivista, como el voluntarismo utópico de inspiración socialista, tienen en común que se desentienden de la objetividad científica, de modo que los primeros orientan su comportamiento según la conveniencia personal, y los segundos por ideales igualitarios.

La escuela económica subjetivista tuvo su origen en el principio económico de los economistas clásicos, según el cual, si bien la riqueza surge del trabajo social, el incentivo de la producción y de los intercambios mercantiles está en la propensión natural de cada sujeto a maximizar su ingreso en dinero. De aquí surgió la idea del ser humano económico, hedonista, el homo oeconomicus, que se comporta según el principio de la ventaja económica. El despliegue lógico de este axioma burgués desembocó en la doctrina según la cual todo comportamiento humano está presidido por obtener el máximo placer y el mínimo displacer posibles en las condiciones dadas.

Según esta doctrina, la economía política deja de ser una ciencia cuyo objeto es la producción y la distribución de la riqueza bajo determinadas relaciones sociales, es decir, entre seres humanos reales divididos en clases, sino que se transforma en una “ciencia” cuyo objeto pasa a ser la relación entre seres humanos ideales o genéricos y cosas, bienes económicos que sirven para satisfacer necesidades. Y en este mundo así concebido, estos seres humanos ideales se comportan respecto de los bienes de acuerdo con el principio de la “racionalidad económica” inspirada en la propensión de ese supuesto ser humano genérico —en realidad burgués— a maximizar la utilidad o placer como consumidor y el beneficio como productor.

El último capítulo al que los subjetivistas han debido llegar, arrastrados por la lógica hedonista, consistió en despojar a esta “racionalidad económica” de su objeto originario: la riqueza, para aplicarla a cualquier objeto, llámese placer en el sentido psicológico (ganar amigos e influir sobre las personas) y hasta sexual, pasando por el reconocimiento social de determinada labor humanitaria. Sacar partido de todos esos objetos sobre los que recae la actividad humana.

Así, la racionalidad económica pasa a ser entendida como un método no referido ya a la utilidad específicamente económica, sino a múltiples utilidades que pasaron a llamarse “preferencias”, de modo que la lógica de la “racionalidad económica” quedó convertida en una “lógica de la elección racional” de objetos alternativos de distinta naturaleza (psicológicos, sexuales, económicos, políticos, humanitarios, etc.), para la maximización del placer, del beneficio económico, del poder político o de aspiraciones altruistas, es decir, una metodología tendente a la “maximización de preferencias sobre objetos alternativos”, llamada “racional”.

Llegamos así a un principio de “racionalidad económica formal”, genérica o abstracta, en tanto y cuanto hace abstracción de un objeto específico, de cualquier objeto. La definición más precisa de esta racionalidad económica fue proporcionada por Lionel Robbins, para quien la economía es la ciencia que estudia la conducta humana como una adecuación de medios escasos a fines múltiples. La economía llega de este modo a ser la “ciencia general” del comportamiento humano regida por el principio económico hedonista, también general, consistente en la obtención del máximo placer o beneficio con el mínimo esfuerzo, que es lo que usted comenzó proponiendo.

De esta manera, la economía política, que estudiaba la producción y distribución de la riqueza creada por el trabajo de los seres humanos, lo cual suponía las relaciones objetivas de producción y eso daba pie a las clases sociales, se vacía por completo de ese contenido para convertirse en un capítulo de la praxeología o “lógica” —¡qué lógica!— de la “elección formal” de los sujetos, donde el criterio de verdad del comportamiento de esos sujetos no depende de la elección que se hace, sino de que apliquen correctamente el principio económico del máximo placer o beneficio con el mínimo coste o esfuerzo. En la praxeología empresarial, se trata del principio de la productividad, donde el asalariado desaparece como ser humano, convertido en una herramienta más de cada proceso productivo particular, donde solo se diferencia de las otras por ser un instrumentum vocale, un instrumento que habla, tal como se conceptualizaba a los esclavos en la sociedad que condicionó el pensamiento arquitectónico de Aristóteles.

Suponemos que usted jamás se imaginó estar proponiendo semejante monstruosidad ideológica, dicha esta palabra en el sentido napoleónico, es decir, no como un reflejo de la realidad, sino como un reflejo que distorsiona y falsifica la realidad. Pero es que, como el camino al infierno, muchos caminos del pensamiento que conducen a falsas conclusiones también están empedrados de buenas intenciones, de modo que, a los fines de juzgar sobre el carácter racional o irracional de una proposición cualquiera, no vale lo que se quiso decir, sino lo que realmente se dijo.

En tal sentido, proponer o afirmar que “científico es todo lo racional conforme a un fin que se quiere obtener con el mínimo esfuerzo”, despreocupándose de saber previamente si ese fin subjetivamente perseguido es objetivamente necesario porque está en la naturaleza de la realidad actual, constituye no solo un quid pro quo, sino un malísimo negocio desde el punto de vista político revolucionario. Porque supone cambiar la racionalidad que permite comprender el movimiento objetivo de lo real, como guía para la acción colectiva efectivamente transformadora de esa realidad, por una presunta racionalidad subjetiva formal o praxeológica, como guía para el comportamiento individual dentro de esa realidad que así permanece intangible.

Usted ha continuado citando la crítica de Gramsci al Ensayo Popular de Sociología de Bujarin (1921), titulado Teoría del Materialismo Histórico. En esa crítica de sus Cuadernos de la Cárcel, Gramsci se refiere implícitamente a la previsión científica y sobre esto empieza señalando que no puede hablarse de un método tipo aplicable a cualquier objeto, es decir, que a cada objeto del conocimiento le corresponde un método específico, lo cual es cierto, en contra de lo que pensaron todos los subjetivistas que acabaron inventando un método sin objeto, desde John Stuart Mill a Ludwig von Mises y Robbins, pasando por Jevons, Menger, Böhm-Bawerk, Wieser y Marshall.

Pero en ese mismo texto, inmediatamente Gramsci parece negar toda capacidad de prever científicamente el comportamiento de los objetos propios de las ciencias sociales, en nuestro caso, la tendencia histórica que gravita al interior de la sociedad capitalista en un sentido preciso, independientemente de la voluntad de los seres humanos comprometidos en esta formación social. Y Gramsci argumenta que el comportamiento de los objetos propios de las ciencias de la naturaleza no se puede homologar con el comportamiento de los sujetos sociales en cuanto clases. De aquí parece haber sacado la conclusión de que la previsión científica respecto de los objetos sociales no puede ser teórica, sino exclusivamente práctica, en el sentido de pura práctica política. Y lo dice así:

«Puesto que “parece” —por una extraña inversión de las perspectivas— que las ciencias naturales proporcionan la capacidad de prever la evolución de los procesos naturales, la metodología histórica ha sido “científicamente” concebida solo si y en cuanto habilita abstractamente para “prever” el porvenir de la sociedad. De donde resulta la búsqueda de las causas esenciales o, mejor, de la “causa primera”, de la “causa de las causas”. Pero las tesis sobre Feuerbach ya habían criticado anticipadamente esta concepción simplista. En realidad, se puede prever “científicamente” la lucha, pero no sus momentos concretos, los cuales solo pueden ser el resultado de fuerzas contrastantes, en continuo movimiento, jamás reductibles a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad deviene calidad. Realmente se “prevé” en la medida en que se obra, en que se aplica un esfuerzo voluntario y, por lo tanto, se contribuye concretamente a crear el resultado “previsto”. La previsión se revela, por consiguiente, no como un acto científico de conocimiento, sino como la expresión abstracta del esfuerzo que se hace, el modo práctico de crear una voluntad colectiva.

¿Cómo podría la previsión ser un acto de conocimiento? Se conoce lo que ha sido o lo que es, no lo que será, que es un “no existente” y, por lo tanto, incognoscible por definición. La previsión es, por ello, un acto práctico, que no puede, en cuanto no sea una futileza o una pérdida de tiempo, tener otra explicación que la expuesta más arriba. Es necesario ubicar exactamente el problema de la previsibilidad de los acontecimientos históricos para estar en condiciones de criticar en forma exhaustiva la concepción del causalismo mecánico, para vaciarla de todo prestigio científico y reducirla a un puro mito, que quizás hubiese sido útil en el pasado, en el período primitivo de desarrollo de ciertos grupos sociales subalternos.» (Op. cit.).

Si Marx hubiera llegado a la misma conclusión que Gramsci parece engañosamente formular en este párrafo, no se habría puesto a escribir su obra fundamental El Capital. Ni siquiera él y Engels hubiesen siquiera empezado a encarrilar sus pensamientos por la senda que inauguraron al escribir en 1845 La Ideología Alemana.

Y es que el objeto de la economía política no son los sujetos, ni siquiera las clases sociales en lucha, sino las relaciones de producción y cambio de los agentes económicos, cuya subjetividad está férreamente determinada por las relaciones objetivas de producción regidas por leyes de comportamiento cuantificables, como la ley de la tendencia del salario a un mínimo histórico o la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Por eso es que en su proceso de investigación Marx hizo abstracción por completo de los conflictos sociales y políticos:

«En sí y para sí, no se trata aquí del mayor o menor grado alcanzado en su desarrollo por los antagonismos sociales que resultan de las leyes naturales de la producción capitalista. Se trata de estas leyes mismas, de esas tendencias que operan y se imponen con férrea necesidad.» (K. Marx: El Capital, Prólogo a la primera edición).

En tal sentido, puede decirse que ni los obreros ni los burgueses producen y llevan voluntariamente sus respectivas mercancías al mercado, sino que son llevados allí por ellas. El fetichismo de la mercancía que Marx expuso en el punto 4 del Capítulo I tiene en este hecho su principio activo, nada subjetivo ni voluntario.

Aquí se ve cómo es Gramsci quien, en ese texto suyo citado por usted, parece invertir la preponderancia que la objetividad de las leyes económicas tiene sobre la subjetividad en la superestructura, al poner el polo dominante de la relación en esta última, nada que ver con la concepción materialista de la historia.

Como ya hemos visto más arriba, la primordial premisa real de la cual partieron Marx y Engels es que los seres humanos advierten que se distinguen de las otras especies animales “tan pronto comienzan a producir sus medios de vida”. De esta premisa material deriva el concepto de fuerzas sociales productivas en su relación dialéctica fundamental con sus correspondientes relaciones históricas de producción o formas de propiedad sobre los medios de producción en un determinado período histórico. Esta dialéctica fundamental o contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción es la que permite determinar hasta cierto punto el grado de enfrentamiento táctico entre las clases, así como la posibilidad de que las luchas sociales trasciendan al terreno político.

Y es el estudio de la estructura económica o modo de producción de la vida material en la sociedad agonizante el que también permite prever el nuevo modo de producción donde quepa económica y socialmente el desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas que ya no caben en la sociedad decadente, tal como hizo Marx en su Crítica del Programa de Gotha. Y en la medida en que la revolución se consolide políticamente, y el proletariado, como personificación de las fuerzas productivas, vaya notando que cabe más holgada y confortablemente al interior del nuevo modo de producción, el resto de la superestructura burguesa de dominación en lo filosófico, ético, moral, sociológico, jurídico y estético-artístico podrá ir siendo reemplazado por una nueva cultura al servicio de la emancipación humana general, incluidos los burgueses. Así sintetizaron Marx y Engels este pensamiento de cuño materialista histórico en La Ideología Alemana:

«No es la conciencia del ser humano la que determina su existencia, sino, por el contrario, su ser social es el que determina su conciencia.» (Op. cit.).

Donde por “ser social” Marx y Engels entienden unívocamente, en todo contexto, a determinadas relaciones de producción que los seres humanos contraen en cada período de desarrollo de sus fuerzas productivas. Son relaciones de producción que las fuerzas productivas de los seres humanos se dan para sí en cada uno de esos períodos de su desarrollo. Este pensamiento supone que, al llegar a una determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas ya no caben al interior de las relaciones de producción que en el pasado adoptaron y, entonces, tienden a ser rebasadas por el ser social del proletariado que va tomando conciencia de esa necesidad histórica. Se abre así toda una época, más o menos larga, de revolución social, con marchas y contramarchas, avances y retrocesos, en que se pone de manifiesto la creciente inadecuación y agudizamiento de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Y es en este punto que Marx hace la siguiente advertencia:

«Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción —que pueden estudiarse con la exactitud propia de las ciencias naturales— y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los seres humanos adquieren conciencia de ese conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a esas épocas de revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción (conflicto cuya necesidad objetiva de ser superado por las fuerzas productivas se va apoderando de la conciencia del proletariado a instancias de su vanguardia natural, según recrudecen las contradicciones y actúa sobre él la vanguardia revolucionaria ya autoconsciente de esa necesidad objetiva).» (Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro).

¿Qué afirma Gramsci sobre este asunto en el pasaje de sus Cuadernos de la Cárcel donde se ocupó de criticar el Ensayo Popular de Bujarin? Lo siguiente:

«…En realidad, se puede prever “científicamente” solo la lucha, pero no los momentos concretos de esta, que no pueden sino ser el resultado de fuerzas contrastantes en continuo movimiento (como el átomo golpeado por el fotón), no reductibles nunca a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad se convierte continuamente en calidad (la cualidad no se puede determinar científicamente). En política, realmente se prevé en la medida en que se actúa, en que se aplica un esfuerzo voluntario y con ello se contribuye concretamente a crear el resultado “previsto”. La previsión en medio de una lucha se revela, pues, no como un acto científico de conocimiento con el fin de prever su resultado, sino como la expresión abstracta del esfuerzo que se hace, el modo práctico de crear una voluntad colectiva…» (Op. cit. Lo entre paréntesis y el subrayado es nuestro).

Las palabras son las herramientas del pensamiento y, por tanto, hay que saber comprenderlas en su respectivo contexto para poder usarlas correctamente. En este párrafo, Gramsci dice dos cosas: la primera, que se puede prever científicamente la lucha, es decir, que el pasaje de un modo de producción a otro en la sociedad de clases se produce invariablemente mediante la violencia revolucionaria. Fíjese que Gramsci apunta en este pasaje de su obra a lo mismo que Marx le dijo a Engels en su carta del 30/04/1868, en la que sintetizó el curso seguido por su pensamiento en los tomos I y II de El Capital:

«…En fin, dando por sentado que estos tres elementos: salario del trabajo, renta del suelo y ganancia, son las fuentes de ingreso de las tres clases, a saber: la de los terratenientes, la de los capitalistas y la de los obreros asalariados, como conclusión de todo esto LA LUCHA DE CLASES, en la cual el movimiento se descompone y es el desenlace de toda esta mierda…» (Carta de Marx a Engels del 30/04/1868).

Aquí, Marx habla del “movimiento” del capital, naturalmente contradictorio respecto de sus fuerzas productivas. ¿Y cuál es, según el materialismo histórico, la tendencia de este movimiento objetivo del capital como consecuencia de su contradicción creciente con las fuerzas productivas que alberga en su seno? La tendencia histórica al descenso de la tasa de ganancia y, por tanto, al derrumbe del sistema capitalista. Sobre este asunto, véanse: http://www.nodo50.org/gpm/necesidad-comunismo/06.htm y http://www.nodo50.org/gpm/derrumbe/14.htm.

Y el necesario desenlace de esta tendencia es la lucha política de clases que, lógicamente, debe desembocar en la sociedad de transición al comunismo. Ambos momentos imbricados: la tendencia de la historia en cada período y su necesario desenlace violento que inaugura otro período histórico o formación social, según Marx —corroborado por Gramsci—, se pueden prever con el rigor propio de las ciencias naturales. Pero sin olvidar que la tendencia objetiva del capitalismo al derrumbe de su sistema es la que determina la lucha de clases, y no al revés. Entonces, la lucha de clases es el motor de la historia, su fuerza. Pero la dirección y el sentido de esa historia, su vector hacia la sociedad de transición al socialismo, no están en la lucha de clases, sino en la naturaleza del capital, en su tendencia al derrumbe del sistema, que la teoría prevé mucho antes de que se produzca y, consecuentemente, los revolucionarios propagandizamos la necesidad de la lucha por el cambio radical de sociedad para mitigar y abreviar los dolores de su parto. ¿Cómo? Difundiendo el materialismo histórico aplicado a la sociedad actual como guía para la acción política en esa precisa dirección y sentido. De ahí la necesidad de estudiar El Capital para saber cuál es esa guía. Porque:

«Para nosotros (para el GPM), la teoría del derrumbe es, pues, en primerísimo lugar, lo que alumbra históricamente al interior, todavía no manifiesto, de la conciencia colectiva de los explotados en la sociedad capitalista, la necesidad de luchar por el socialismo aun antes de que esa necesidad se haga evidente para las masas y ya no sea necesario seguir insistiendo en ella. En una carta a su amigo Kugelmann del 11 de julio de 1868, Marx decía que cuando a un economista vulgar se le ponía ante las conexiones internas del sistema capitalista, este creía estar haciendo un gran descubrimiento al ver que las cosas, tal como aparecen, presentan un aspecto diferente, jactándose de su apego a la apariencia por considerarla como el único y absoluto criterio de verdad.»

Y Marx acaba esta parte de su carta diciendo:

«Pero hay en este asunto otra intención. Una vez que se ha visto claro en estas conexiones internas (del sistema), cualquier creencia teórica en la necesidad permanente de las condiciones existentes se derrumba antes de su colapso práctico. Las clases dominantes, pues, tienen así en este caso un interés absoluto en perpetuar esta confusión y esta vacuidad de ideas. De otro modo, ¿por qué razón se les pagaría a estos psicofantes charlatanes, que no tienen más argumento científico que el de afirmar que, en economía política, está terminantemente prohibido pensar?» (Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro).

Sin la teoría marxista del derrumbe, está claro que la burguesía no tendría necesidad de negar a sus explotados el ejercicio de lo más distintivo del ser humano respecto de los demás animales. (Véase en: http://www.nodo50.org/gpm/derrumbe/13.htm).

Todo este razonamiento está condensado en lo que Gramsci ha querido significar en el pasaje citado de sus Cuadernos de la Cárcel cuando dijo que “solo se puede prever científicamente la lucha”.

Esta es la primera cosa. La segunda es que no se pueden prever científicamente, es decir, teóricamente, “los momentos concretos de ella”. ¿Y por qué no se pueden prever científicamente los momentos concretos de la lucha? Pues, porque se trata…

«…de fuerzas contrastantes, en continuo movimiento, jamás reductibles a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad deviene calidad. Realmente se “prevé” en la medida en que se obra, en que se aplica un esfuerzo voluntario y, por lo tanto, se contribuye concretamente a crear el resultado “previsto”.» (A. Gramsci: Op. cit.).

Se trata de previsiones políticas sujetas a permanente rectificación por los contendientes en el curso mismo de la lucha, y cuya confirmación o negación de los fines propuestos para cada parte depende del resultado de cada lucha. La memoria histórica se enriquece con tales previsiones en función de cada resultado según sus causas.

Por eso, Gramsci, en este contexto, ha puesto la palabra previsión entrecomillada, para distinguirla de la previsión propiamente teórico-científica, cuya confirmación no está nunca pendiente de ningún resultado práctico, sino que, como hemos dicho más arriba, de las premisas reales, objetivas, es decir, de comportamientos regulares perfectamente cuantificables por completo al margen de toda lucha, que el pensamiento toma como punto de partida y somete al método científico.

Y es el resultado de este pensamiento científico, el descubrimiento de las leyes del movimiento del capital, el que debe servir como guía a la práctica política, tanto táctica como estratégica. Y, en este sentido, como bien tiene dicho por ahí Althusser, no es que el materialismo histórico tenga hipotecadas sus previsiones teóricas al resultado de la práctica política del proletariado, sino que es el proletariado quien debe levantar con su práctica política la hipoteca que todavía mantiene con las previsiones teóricas del materialismo histórico, en tanto que siga sin considerarle como una “guía para la acción”, como decía Lenin.

En este punto, volvemos a su primera afirmación, en el sentido de que: “científico es todo lo racional, pero conforme a un fin que se quiere obtener”, para decir que esta proposición es aceptable a condición de que la finalidad que se persiga sea científicamente necesaria y, por tanto, verdadera.

El aforismo de Lenin: “La verdad es revolucionaria”, supone el cumplimiento de esta condición sobre la necesidad científica teóricamente descubierta como guía para la acción política. Por eso también decía Lenin que “sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”.

Esperamos haberle servido de ayuda una vez más. No dude en trasmitirnos cualquier duda o comentario.

Un saludo: GPM



viernes, 25 de abril de 2025

MARIO VARGAS LLOSA DESDE LA PERSPECTIVA MARXISTA: EL CORTESANO QUE PULIÓ LAS CADENAS DEL CAPITAL

Alejandro Ponce Escalante

 

Imaginemos un encuentro imposible: Antonio Gramsci y José Carlos Mariátegui[1], sentados en un café revolucionario, hojeando las novelas de Mario Vargas Llosa con una mezcla de curiosidad y desdén. Antonio Gramsci, con la mirada encendida tras sus lentes empañados, y José Carlos Mariátegui, en su silla de ruedas, afilando su pluma como si fuera un machete, ambos, destripando las novelas de Mario Vargas Llosa como si fueran un banquete burgués servido con veneno. ¿Qué dirían estos representantes del marxismo sobre el peruano que pasó de entonar consignas comunistas en los callejones de San Marcos a brindar con champán en los salones de la élite global? Con un poco de elocuencia y una pisca de sarcasmo, desenmascaremos al Nobel que mistificó el poder mientras se convertía en su lacayo, al supuesto paladín de la libertad que sirvió a la burguesía, y al político frustrado que chocó de bruces con el Perú real. Desde las lentes de Gramsci, el análisis Mariátegui, los aportes del Grupo de Propaganda Marxista (GPM), y el contraste con el irreductible Jean-Paul Sartre, este ensayo destripa las obras de Vargas Llosa, su cruzada liberal, y su tragicómica aventura electoral como candidato a presidente. Tras su muerte el 13 de abril de 2025, su legado es un epitafio de traiciones, un eco brillante pero hueco de una revolución que nunca abrazó.

1. La literatura como superestructura: Un espectáculo para la burguesía

Para el marxismo, la literatura no es un pasatiempo de diletantes, sino un campo de batalla ideológico donde se forjan o se desafían las cadenas del capital. Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, lo sentencia sin ambages: “La superestructura no es un reflejo pasivo de la base económica, sino un terreno donde se consolidan las relaciones de poder mediante el consentimiento cultural” (Gramsci, 1975, p. 1379). Las novelas de Vargas Llosa, con su obsesión por las estructuras —el Estado, el ejército, el burdel—, aparentan un rugido de rebeldía, pero terminan arrodillándose ante el altar burgués, reduciendo las contradicciones de clase a melodramas individuales que seducen a los salones de la élite mientras las masas siguen encadenadas. ¡Oh, Mario, qué talento para convertir el hambre, la explotación y la sangre en un espectáculo de gala que los ricos aplauden desde sus palcos!, en esta parte analizamos las obras más representativas del autor:

1.1. La ciudad y los perros (1963): La jaula que fascina

La ciudad y los perros (1963) irrumpió como un cañonazo literario, retratando el Colegio Militar Leoncio Prado como una jaula donde los cadetes son triturados por la disciplina, el abuso y la jerarquía. El “Jaguar”, el “Poeta”, el “Boa” —personajes que se clavan en la memoria como cuchillos— libran batallas crudas contra un sistema que los deshumaniza, desde peleas en los dormitorios hasta traiciones que terminan en sangre. La novela, basada en la experiencia de Vargas Llosa en el colegio, expone la violencia institucional con una crudeza que le valió el Premio Biblioteca Breve y lo catapultó al estrellato del Boom latinoamericano. Pero desde el marxismo, esta crítica es un espejismo que no llega al hueso.

Igualmente es importante notar que las opiniones de Vargas Llosa sobre La ciudad y los perros recularon con el tiempo. En los años 60, cuando aún simpatizaba con la izquierda, enfatizaba el carácter subversivo de la novela. Tras su giro al liberalismo en los 70 y 80, comenzó a interpretarla más como una defensa de la libertad individual frente al autoritarismo, alineándose con su ideología posterior.

Gramsci sería implacable: “Los intelectuales que dramatizan las instituciones sin analizar sus raíces económicas refuerzan la hegemonía al desviar la atención de las contradicciones de clase” (Gramsci, 1975, p. 1562). Vargas Llosa nos hace sentir el dolor de los cadetes, pero no señala al capitalismo que financia estas escuelas ni a las clases dominantes que las usan para moldear súbditos leales al orden burgués. El Leoncio Prado no es una anomalía; es un engranaje del sistema que reproduce la disciplina militar para proteger los intereses de la élite, desde los hacendados hasta los industriales. Mariátegui añadiría su dardo: “La literatura debe ser un instrumento de lucha, no un lujo de las clases dominantes” (Mariátegui, 1928, p. 187). Mario, con su prosa afilada como un bisturí, nos hipnotiza con la jaula, pero olvida darnos la llave para romperla. La tragedia del “Esclavo”, un cadete destruido por el sistema, no apunta a la burguesía que paga las cuentas del colegio, sino que se queda en un lamento individual que los lectores burgueses saborean como una novela de aventuras. ¡Qué habilidad para transformar la opresión en una tragedia escénica, eludiendo su raíz como engranaje del sistema capitalista!

 

1.2. Pantaleón y las visitadoras (1973): El circo que no derriba

Pantaleón y las visitadoras (1973) es una joya satírica que pone en ridículo al ejército peruano con un humor que corta como navaja. Pantaleón Pantoja, un militar obsesionado con el orden, recibe la orden de organizar un burdel ambulante para satisfacer a los soldados en la selva de Iquitos, desatando un carnaval de hipocresía que expone la corrupción, el machismo y la burocracia. La novela, escrita en el apogeo de la izquierda latinoamericana, arrancó carcajadas y aplausos globales, pero desde el marxismo es un chiste que no muerde donde duele. Mariátegui la despacharía sin contemplaciones: “La literatura que no refleja las aspiraciones del pueblo es un lujo burgués, una distracción que refuerza el dominio de las élites” (Mariátegui, 1928, p. 199).

El burdel, una metáfora descarnada del capitalismo que mercantiliza cuerpos y deseos, se presenta como una farsa, no como un engranaje del sistema que explota a las clases trabajadoras. Las “visitadoras”, mujeres marginadas convertidas en mercancía, no son heroínas de una lucha colectiva, sino peones en un circo que Vargas Llosa dirige con maestría. El GPM, en su análisis del bonapartismo, señala que “el poder militar no es un accidente, sino la reserva de última instancia del capital” (GPM, 2003a). El ejército que Mario satiriza no es una anomalía; es el brazo armado del capitalismo que disciplina a los trabajadores y protege los intereses de la burguesía, desde los latifundistas hasta las multinacionales. Pero Vargas Llosa no conecta estos puntos; nos invita a reír, no a tomar el fusil. Nos hace aplaudir el circo sin derribar la carpa, dejando al lector burgués con una sonrisa satisfecha y ninguna chispa revolucionaria. ¡Qué talento para convertir la crítica en un show de variedades que no amenaza a nadie!

1.3. La fiesta del chivo (2000): El dictador como divo

La fiesta del chivo (2000) es un tour de fuerza narrativa que retrata la dictadura de Rafael Trujillo en la República Dominicana como un monstruo que devora vidas, familias y esperanzas. Trujillo, con su megalomanía y crueldad, es un villano hipnótico, desde sus rituales de poder hasta sus crímenes más viles, narrados con una precisión que congela la sangre. La novela, publicada cuando Vargas Llosa ya era un ícono liberal, ganó elogios mundiales, pero para el marxismo es un espejismo crítico que adorna la opresión en lugar de combatirla. Mariátegui la calificaría de “ejercicio cosmopolita” que “se regodea en el morbo de la tragedia individual, no en la lucha colectiva” (Mariátegui, 1928, p. 187).

Vargas Llosa nos sume en el horror de la dictadura, pero no conecta a Trujillo con el capitalismo dependiente que lo sostuvo, ni con los intereses imperiales de Estados Unidos que lo apuntalaron como un títere útil. El GPM, en su análisis de Pinochet, ofrece una clave: “La palabra bonapartismo fue inventada por Marx para explicar el desenlace de una situación política en que ningún sector de la burguesía es capaz de prevalecer sobre los demás para mantener en equilibrio las relaciones de dominio del conjunto de las clases dominantes sobre el conjunto de las clases subalternas” (GPM, 2003a). Trujillo, como Pinochet, no fue una aberración, sino un bonapartista que disciplinó a las masas para proteger los intereses del capital, desde los cañaverales hasta las cuentas bancarias de la élite. Pero Mario no lo ve así; convierte al dictador en una estrella de tragedia, un personaje complejo que fascina en lugar de un producto del sistema. Gramsci añadiría: “Los intelectuales que no cuestionan la base económica terminan siendo cómplices de la hegemonía” (Gramsci, 1975, p. 1560). La fiesta del chivo es una ópera sangrienta que los burgueses devoran con palomitas, no un manifiesto que incite a derrocar el sistema que parió a Trujillo. ¡Qué forma tan brillante de hacer que una dictadura parezca un drama de Hollywood!

1.4. Conversación en la catedral (1969): La corrupción como culebrón

Conversación en la catedral (1969) es un coloso literario que destapa la podredumbre del Perú bajo la dictadura de Manuel Odría (1948-1956). En un bar de mala muerte llamado “La Catedral”, Santiago Zavala, un periodista desencantado de clase alta, y Ambrosio, un exchofer negro ligado al régimen, desentrañan la corrupción que carcome desde las cúpulas del poder hasta los callejones más humildes, con la pregunta inmortal: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. La novela, con su estructura laberíntica de flashbacks y diálogos simultáneos, es un fresco monumental de la traición, la ambición y la decadencia moral, que refleja el “Ochenio” de Odría como un pantano donde nadie sale limpio. Pero el marxismo ve aquí una trampa: Vargas Llosa expone la inmoralidad, pero no la ancla en el capitalismo que la alimenta.

Mariátegui sería lapidario: “Es un espejo que refleja la decadencia sin incitar a la acción” (Mariátegui, 1928, p. 188). La corrupción de Cayo Bermúdez, el operador de Odría que teje redes de espionaje y chantaje, no se presenta como un síntoma estructural del capitalismo, sino como un drama personal de poder y traición. El GPM, en su análisis de Pinochet, ofrece una perspectiva clarividente: “La corrupción no es un defecto moral, sino el lubricante del capital que permite mantener las relaciones de dominio entre las clases dominantes y las clases subalternas” (GPM, 2003a). En el Perú de Odría, como en el Chile de Pinochet, la corrupción aseguró la complicidad de las élites —empresarios, militares, políticos— mientras las masas eran sometidas con represión y miseria. Pero Vargas Llosa no conecta estos puntos; nos sume en el fango de las traiciones personales, desde la ruptura de Santiago con su padre burgués hasta los amoríos sórdidos de los poderosos, sin señalar al sistema que hace posible esa “jodienda”. Gramsci remataría: “Dramatizar las instituciones sin analizar sus raíces económicas desvía la lucha de clases hacia el sentimentalismo” (Gramsci, 1975, p. 1562). Conversación en la catedral es un culebrón magistral que los burgueses aplauden desde sus palcos, un espectáculo que fascina, pero no arma al pueblo para la revuelta. ¡Qué genio, Mario, para convertir la tragedia nacional en una telenovela de lujo!

1.5. La casa verde (1966): El burdel que no se rebela

La casa verde (1966) es un tapiz complejo que entrelaza historias en la selva amazónica y la ciudad de Piura, con un burdel como epicentro de explotación sexual y económica. Bonifacia, una niña indígena aguaruna raptada por misioneras católicas para ser “civilizada”, se convierte en la Selvática, una prostituta que resiste culturalmente, pero su derrota final refleja la omnipotencia del sistema. Don Anselmo, el misterioso fundador del burdel, y personajes como Fushía, un traficante que explota a los indígenas, tejen un mosaico de opresión que abarca el colonialismo, el patriarcado y el capitalismo extractivo. La novela, ganadora del Premio Rómulo Gallegos, es un prodigio narrativo, pero desde el marxismo es un lamento estéril.

Gramsci vería el burdel como una estructura que no podría existir fuera del capitalismo, pues es su subproducto. La Casa Verde no es solo un prostíbulo; es un microcosmos del capitalismo que mercantiliza cuerpos, tierras y culturas, desde las mujeres explotadas hasta los indígenas despojados por el comercio de caucho. Mariátegui sería más duro: “La literatura debe ser un arma, no un lamento por los vencidos” (Mariátegui, 1928, p. 188). Bonifacia, con su resistencia trágica, no lidera una revuelta colectiva; su caída es un espectáculo que Vargas Llosa narra con virtuosismo, pero sin encender la chispa revolucionaria. El GPM, analizando el bonapartismo, señala que “la burguesía recurre al ejército o a estructuras autoritarias para mantener el equilibrio de su dominio” (GPM, 2003a). En La casa verde, las misiones religiosas y los traficantes cumplen esa función, imponiendo el orden capitalista sobre los indígenas y las mujeres, pero Mario no lo denuncia como tal; lo convierte en un fresco trágico que seduce a la burguesía lectora. ¡Qué astucia, hacer que la derrota de los oprimidos parezca una obra maestra en lugar de un grito de guerra contra el capital!

En conjunto, las obras de Vargas Llosa son un pilar de la superestructura ideológica. Sus personajes sufren, resisten, perecen, pero nunca rompen las cadenas del capital. Como sentencia Gramsci, “los intelectuales que no cuestionan la base económica terminan siendo cómplices de la hegemonía” (Gramsci, 1975, p. 1560). Mario, con su prosa de orfebre, nos vende catarsis envuelta en papel de regalo, un placebo literario que entretiene mientras el sistema ríe desde las sombras, sabiendo que su dominio permanece intacto.

 

2. La falsa cruzada por la libertad: Una careta burguesa

Vargas Llosa se ganó el Nobel en 2010 “por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes agudas de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo” (Academia Sueca, 2010). ¡Qué cumplido tan rimbombante, digno de un panegírico burgués! Pero desde el marxismo, su lucha contra dictaduras y gobiernos autocráticos no es una epopeya libertaria, sino una maniobra de la burguesía para reemplazar el autoritarismo con un liberalismo que proteja sus privilegios. En La fiesta del chivo, la caída de Trujillo es un drama personal, no una revolución de clases. En Conversación en la catedral, la dictadura de Odría es un pantano de corrupción, pero la solución implícita es un liberalismo que, para Gramsci, “es la libertad del burgués, no del proletario” (Gramsci, 1975, p. 1641). En La casa verde, la explotación del burdel no se vincula al capitalismo global que saquea la Amazonía, sino que se narra como una tragedia inevitable. Vargas Llosa no desafía el sistema que sustenta estos regímenes; solo pide un cambio de decorado, un telón liberal que haga más presentable la explotación. ¡Qué genialidad, disfrazar los intereses de la burguesía como un himno a la libertad universal!

El GPM, en su análisis de Pinochet, ofrece una clave para desenmascarar esta farsa: “La alternancia entre dictadura y democracia es un movimiento del capital para mantener el equilibrio de las relaciones de dominio” (GPM, 2003a). En Chile, el golpe de 1973, apoyado por la CIA, instaló a Pinochet para imponer un modelo neoliberal que enriqueció a las élites mientras torturaba y asesinaba a decenas de miles, con más de 3,000 víctimas documentadas por la Comisión Rettig. La “transición” a la democracia en 1990 no desmanteló ese modelo; lo consolidó bajo una fachada de elecciones, manteniendo las desigualdades que beneficiaban a los burgueses y al capital extranjero. Vargas Llosa, en sus columnas en El País y discursos en foros internacionales, celebró estas transiciones como victorias de la libertad, ignorando que eran, como dice el GPM, “una recomposición de las formas políticas al servicio de las relaciones de producción capitalistas” (GPM, 2003a). Su “resistencia” no es contra el capital, sino contra las formas incómodas que este adopta cuando las élites necesitan disciplinar a las masas con mano dura.

En sus novelas, esta ceguera es palpable. En La fiesta del chivo, Trujillo es un tirano fascinante, pero no un bonapartista que, como explica el GPM, surge cuando “ningún sector de la burguesía es capaz de prevalecer sobre los demás” y el ejército asume el control para proteger el capital (GPM, 2003a). En Conversación en la catedral, Odría es un corrupto que envenena al Perú, pero Mario no lo vincula al capitalismo dependiente que necesitaba regímenes autoritarios para garantizar la explotación. En La ciudad y los perros, el colegio militar es una máquina de violencia, pero no un instrumento del capital para formar oficiales que defiendan los intereses burgueses. Vargas Llosa aplaude la democracia liberal como la cura, sin ver que, para el GPM, “dictadura y democracia son fases complementarias del dominio burgués” (GPM, 2003a). ¡Qué farsa tan bien escrita, Mario, vender la libertad del mercado como la salvación mientras el pueblo sigue encadenado!

El análisis de Mario Vargas Llosa destaca su fijación por las superestructuras —Estado, ejército, dictaduras— en obras como La ciudad y los perros, Conversaciones en la Catedral, La casa verde y La fiesta del chivo, presentadas como dramas individuales sin anclar en las raíces económicas del capitalismo. Su adhesión al liberalismo, que prioriza la libertad burguesa, lo aleja de las luchas populares, alineándolo con las élites. En contraste, Bertolt Brecht, José Saramago, Ngũgĩ wa Thiong’o y Máximo Gorki escribieron con un compromiso inquebrantable hacia los desposeídos, utilizando el materialismo histórico para transformar la literatura en un arma de justicia social. Brecht, en Madre Coraje (1939), sentencia: “La guerra es un negocio que devora a los pobres” (Brecht, 1939), conectando el militarismo al capital, no como Vargas Llosa, que lo convierte en espectáculo. Saramago, en Ensayo sobre la lucidez (2004), proclama: “El poder teme el silencio unido del pueblo” (Saramago, 2004), inspirando resistencia colectiva frente a un Estado opresor. Ngũgĩ, en Pétalos de sangre (1977), afirma: “La liberación comienza al reclamar nuestra lengua y lucha” (Ngũgĩ, 1977), uniendo a las masas contra el colonialismo, mientras Vargas Llosa se desconectaba del pueblo peruano. Gorki, en La madre (1906), escribe: “No hay libertad si un hombre pasa hambre” (Gorki, 1906), elevando la conciencia de clase de los trabajadores, no su derrota como en las tragedias de Mario. Estos autores, con integridad, no solo narraron la opresión; la combatieron, dedicando sus plumas a los trabajadores y a un mundo sin cadenas, un contraste luminoso con el brillo burgués del Nobel peruano.

 

3. Transformismo gramsciano: De la revolución al banquete burgués

El viraje de Vargas Llosa al liberalismo es un caso de libro del transformismo gramsciano, ese proceso donde “la clase dominante absorbe a los elementos activos de las clases subalternas para neutralizar su potencial crítico” (Gramsci, 1975, p. 2190). En los años 60, Mario era un joven fogoso que apoyaba la Revolución Cubana, militaba en círculos marxistas en la Universidad de San Marcos, y soñaba con un mundo sin opresores. Sus primeras obras, como La ciudad y los perros y La casa verde, destilaban una sensibilidad de izquierda, una rabia contra las estructuras que aplastaban al pueblo peruano. Pero el caso Padilla (1971), donde el poeta Heberto Padilla fue encarcelado y humillado por el régimen castrista, marcó su ruptura. Horrorizado por el autoritarismo de izquierda, no buscó una crítica dialéctica para salvar el socialismo, sino que se arrojó a los brazos del liberalismo, un salto que Gramsci calificaría como la muerte ideológica del revolucionario.

Mariátegui, con su olfato para los traidores, lo habría destrozado: “Hay intelectuales que coquetean con la revolución en su juventud, solo para rendirse al poder por prestigio o comodidad” (Mariátegui, 1928, p. 203). Vargas Llosa, con su Nobel en 2010, sus columnas en diarios burgueses como El País, y sus paseos por los salones de la élite global —desde Madrid hasta Nueva York—, encarna esta apostasía con una elegancia que roza lo obsceno. Su defensa de la libertad individual, tan celebrada por los poderosos, es para Gramsci “un mito burgués que oculta la explotación colectiva” (Gramsci, 1975, p. 1640). En los 80 y 90, mientras América Latina era devastada por el neoliberalismo que él aplaudía —con millones arrojados a la pobreza por las privatizaciones y los ajustes—, Mario pontificaba sobre la libertad desde sus mansiones, ajeno al hambre que su evangelio de mercado sembraba.

Su vida personal, un culebrón de romances y escándalos que llenó portadas de Hola y Vanidades, es el colmo de la ironía. Mientras predicaba la “libertad” individual, vivía en la pompa de una sociedad decadente, donde sus amoríos eran un reflejo de la burguesía que confunde hedonismo con emancipación. Su ruptura con su esposa para unirse a una figura de la alta sociedad en 2015 fue un chisme jugoso para las élites, pero una bofetada para el pueblo que él decía representar en su juventud. Mariátegui remataría: “El intelectual que se alinea con las élites no solo traiciona al pueblo, sino que se convierte en una caricatura de sí mismo” (Mariátegui, 1928, p. 204). ¡Qué espectáculo, ver al antiguo camarada marxista convertido en el trovador del mercado libre, cantando loas a la misma burguesía que antes juró derrocar!

4. Sartre: El espejo incómodo que desnuda su colapso

El contraste con Jean-Paul Sartre es una puñalada al corazón de Vargas Llosa. En su ensayo Sartre, el ex camarada, Mario confiesa su deuda: “Su rechazo al Nobel en 1964 fue un acto de integridad que marcó mi juventud” (Vargas Llosa, 1986, p. 245). Pero luego lo traiciona, acusándolo de “ceguera ideológica” por apoyar a Cuba (Vargas Llosa, 1986, p. 247). Sartre, con todas sus contradicciones, nunca abandonó el socialismo científico. En Crítica de la razón dialéctica (1960), buscó una síntesis entre libertad individual y lucha colectiva, preguntándose cómo el individuo puede actuar en un mundo estructurado por la opresión de clase. Fue un esfuerzo titánico por reconciliar el existencialismo con el marxismo, reconociendo que la libertad del hombre está condicionada por las estructuras sociales que lo oprimen. Sartre, aun con sus errores, caminó por las barricadas, apoyó a los estudiantes en el Mayo del 68, y se negó a ser un cortesano de la burguesía.

Vargas Llosa, en cambio, nunca se molestó en un análisis serio del materialismo histórico. Su crítica al populismo latinoamericano y a Cuba es un chillido visceral, un eco de la propaganda liberal que llenó el vacío tras la caída de la URSS en 1991. Mientras Sartre debatía con los obreros en las fábricas, Mario debatía con banqueros en Davos. Mientras Sartre se enfrentaba al poder, Mario se sentaba a su mesa. Gramsci lo pondría en su lugar: La libertad individual que ignora las desigualades económicas y sociales,  es una quimera burguesa. El éxito de Vargas Llosa en la era postsoviética fue el de un mundo que celebró el “fin de la historia” mientras ignoraba las desigualdades que el neoliberalismo desataba en América Latina, donde, según la CEPAL, la pobreza creció un 30% en los 90 bajo las políticas que él aplaudía. Sartre intentó tender puentes entre el individuo y la clase; Vargas Llosa los dinamitó para construir un pedestal donde posar como profeta del mercado. ¡Qué ironía, que el hombre que admiró la coherencia de Sartre terminara como su antítesis, un apóstata que cambió la lucha por el cambio por los aplausos de las élites que saquean el continente!

5. Vargas Llosa y Fujimori: La farsa de la dialéctica burguesa

La incursión política de Vargas Llosa en el Perú, especialmente su candidatura presidencial en 1990, es un capítulo tragicómico que ilustra su papel como agente burgués. Desde el marxismo, la contienda entre Vargas Llosa y Alberto Fujimori no es una batalla de principios, sino una dialéctica interburguesa: el liberalismo puritano contra el populismo autoritario, dos máscaras del mismo capital que se disputan el control del Estado para perpetuar la explotación.

5.1. Vargas Llosa: El profeta de los ricos

En 1990, Vargas Llosa, al frente del Frente Democrático (Fredemo), fue el candidato de la gran burguesía peruana, que, como describe El dolor de la derecha, “creía que los asalariados aceptarían santificando con su voto un gobierno sin máscaras de la burguesía, sin costosos mediadores” (Anónimo, s.f.). Su campaña, financiada por empresarios y amplificada por medios como Caretas y El Comercio, prometía un “shock” neoliberal inspirado en el Consenso de Washington: privatizaciones masivas, apertura de mercados, ajustes económicos que harían sangrar a los pobres para engordar a los ricos. En un país devastado por la hiperinflación, que alcanzó el 7,649% en 1990 según el Banco Central de Reserva, y el terror de Sendero Luminoso, que dejaba miles de muertos, Vargas Llosa predicaba austeridad como si el pueblo tuviera algo más que sacrificar.

Su programa económico era un sueño húmedo para la burguesía: reducir el Estado a un cascarón, liberalizar el comercio, entregar las empresas públicas —como Petroperú o la minera Centromín— al capital extranjero. Pero para el obrero que apenas compraba pan, para el campesino que huía de las bombas, sus promesas eran una bofetada en la cara. De poco sirvió que almuerce en los barrios jóvenes y provincias con los pobres, que baile y vista de indígena. Vargas Llosa, con su torpe intento de “populismo de salón”, creía que una foto comiendo ceviche en un mercado o bailando huayno con un poncho prestado bastaría para ganarse al pueblo. ¡Qué desastre! lo pinta con crueldad: El pueblo lo miraba como quien ve a un marciano. Con su acento pulido, su aire de señorito limeño, y su discurso de “apretarse el cinturón”, Mario era un extranjero en su propio país, un profeta que hablaba a una multitud que no entendía su evangelio de mercado. ¡Qué ingenuidad tan encantadora, pensar que el Perú de 1990 votaría por un caballero que parecía más europeo que andino!

 

5.2. Fujimori: El mesías del lumpen

Frente a él emergió Alberto Fujimori, un outsider con pinta de profesor de matemáticas que se vendió como el salvador del pueblo. Apoyado por sectores lumpenproletarios —los marginados urbanos, los informales que vivían del rebusque— y la pequeña burguesía —comerciantes, pequeños empresarios al borde de la quiebra—, Fujimori prometió bienestar sin los sacrificios que Vargas Llosa exigía. Su campaña, con frases simples como “trabajo, honestidad, tecnología” y un aire de “yo no robo tanto”, conectó con un pueblo harto de élites distantes que los miraban desde las mansiones de San Isidro, un aventurero con ideas populares que desafió a la burguesía tradicional.

Desde el marxismo, el fujimorismo encarna una fuerza autoritaria que surge para estabilizar el capitalismo en crisis. El GPM, en su análisis del bonapartismo, lo explica con precisión: “El régimen militar es la reserva de última instancia para poner orden cuando la burguesía no puede mantener el equilibrio de su dominio” (GPM, 2003a). En 1990, el Perú era un polvorín: la crisis económica había pulverizado los salarios, el terrorismo de Sendero y el MRTA amenazaba con desestabilizar el país, y las facciones burguesas —desde los industriales hasta los terratenientes— estaban en guerra por el control. Fujimori, como un bonapartista moderno, se alzó como el árbitro que prometía orden, explotando la desesperación de las masas para ganar el poder. ¡Qué desastre! lo resume con mordacidad, con cuatro palabras simples y una cara de ‘yo no robo tanto’, Fujimori se metió al bolsillo a un pueblo harto de discursos pomposos y caras bonitas”.

Una vez en el poder, Fujimori traicionó sus promesas populistas con una velocidad que habría hecho sonrojar a Maquiavelo. Aplicó el mismo “shock” neoliberal que Vargas Llosa soñaba —privatizaciones, desregulación, apertura al capital extranjero—, pero con mano dura, disolviendo el Congreso en el autogolpe de 1992 y consolidando una dictadura que sirvió a las élites mientras aplastaba a las clases trabajadoras con represión y precariedad. Entre 1990 y 2000, su régimen redujo la inflación, pero a costa de salarios reales que cayeron un 40% y un desempleo que se disparó en los sectores populares, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática. Sendero Luminoso fue derrotado, pero con un costo de 70,000 muertos y desaparecidos, según la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Fujimori no era un mesías; era un capataz burgués con mejor olfato político que Mario, un bonapartista que, como dice el GPM, “tensa la relación entre los intereses particulares de la burocracia totalitaria y el interés general de la burguesía” (GPM, 2003a).

5.3. La dialéctica burguesa

La contienda de 1990 no fue entre libertad y tiranía, sino entre dos estrategias burguesas para perpetuar el dominio del capital. Vargas Llosa representaba el liberalismo puritano, que busca un capitalismo “limpio” y formal, con instituciones que protejan los negocios de la élite sin necesidad de garrote. Fujimori, el populismo autoritario, que usa la fuerza para imponer el mismo modelo económico, pero con un barniz de cercanía al pueblo que le asegura el apoyo de las masas desesperadas. El GPM lo deja claro: “Dictadura y democracia son fases complementarias del dominio burgués, alternancias que el capital utiliza para mantener el equilibrio de las relaciones de producción” (GPM, 2003a). En 1990, la burguesía peruana estaba fracturada: los sectores tradicionales apoyaban a Vargas Llosa, mientras otros, temerosos del caos, vieron en Fujimori una apuesta más segura para disciplinar al país.

¡Qué desastre! lo resume con crueldad, Fujimori terminó haciendo lo mismo que Vargas Llosa prometía, pero con menos glamour y más maña. La derrota de Vargas Llosa fue un batacazo para la derecha, su campeón, su orgullo, quedó en el polvo. Pero la ironía suprema es que Fujimori implementó las políticas neoliberales que Mario soñaba —privatizó más de 200 empresas públicas, abrió el mercado al capital extranjero, redujo los derechos laborales—, demostrando que ambos eran peones del mismo tablero. El fujimorismo, como señala el GPM, fue “una fuerza autoritaria que pone orden cuando la burguesía no puede mantener el equilibrio de su dominio” (GPM, 2003b). Vargas Llosa fustigó el populismo sin ver que su liberalismo era su gemelo malvado, una verdad que el marxismo desenmascara con claridad cristalina: ambos sirvieron al capital, uno con discursos de salón, el otro con tanques y sobornos.

5.4. El epílogo de la farsa

El colmo de la tragicomedia llegó en 2023, cuando Vargas Llosa recibió la Orden del Sol de manos de Dina Boluarte, una presidenta acusada de corrupción y de ordenar la represión de protestas que dejaron más de 50 muertos en 2022-2023, según informes de Amnistía Internacional. El personaje enajenado de su propia novela lo clava con una daga afilada: El joven Vargas Llosa habría visto en Boluarte a una heredera de Cayo Bermúdez, el villano corrupto de Conversación en la catedral que encarna la podredumbre del poder. El autor que destripó la “jodienda” del Perú terminó posando sonriente con una figura que apestaba a los vicios que él denunció hace medio siglo, un caballero limeño condecorado por un régimen que traicionaba su propia mitología. El GPM, analizando el bonapartismo, diría que Boluarte, como Fujimori, representa “la tendencia del burócrata estatal a convertir el Estado burgués en cosa propia, tensando la relación con la burguesía” (GPM, 2003a). Mario, al aceptar su medalla, no solo abrazó la farsa, sino que se convirtió en un extra de su propio culebrón, brindando con los mismos que perpetúan la miseria que juró combatir. ¡Oh, Mario, en qué momento te jodiste tú, traicionando al joven que soñaba con cambiar el mundo!

 

6. El epitafio de un desertor

Mario Vargas Llosa murió el 13 de abril de 2025, dejando un legado que brilla en las vitrinas burguesas pero se desmorona bajo el escrutinio marxista. Gramsci y Mariátegui lo habrían despedazado: un transformista que embelleció el capitalismo, un cosmopolita que traicionó al pueblo por los aplausos de la élite. Su literatura, un pilar de la superestructura, mistificó el poder mientras él se convertía en su sirviente, convirtiendo la explotación en un espectáculo que los ricos devoran con palomitas. Su lucha por la “libertad” fue una cortina de humo burguesa, una careta para disfrazar los intereses de la élite que él acabó sirviendo. Su aventura política, un fiasco que reveló su desconexión con las masas, lo enfrentó al fujimorismo, esa otra cara del capital que venció con maña lo que Mario no supo ganar con discursos.

En el espejo de Sartre, Vargas Llosa vio su propio colapso: no fue el rebelde que soñó en los 60, sino el cortesano que eligió en los 90. El GPM, con su bisturí marxista, lo sentencia: “El capital utiliza dictadura y democracia, corrupción y liberalismo, para perpetuar su dominio” (GPM, 2003a). y los intelectuales que lo sirven son sus mejores lacayos. Recordémoslo como el narrador que, con una pluma de oro, escribió el epitafio de su propia revolución, un bufón que cambió las barricadas por el brillo fugaz de un mundo que ya lo olvida. Mientras tanto, el pueblo peruano, al que nunca entendió, sigue buscando su redención en las cenizas de sus promesas rotas, luchando contra un sistema decadente que Mario, con su talento y su traición, ayudó a pulir hasta hacerlo brillar.

Referencias

  • Academia Sueca. (2010). Anuncio del Premio Nobel de Literatura. Recuperado de https://www.nobelprize.org/prizes/literature/2010/summary/.
  • Anónimo. (s.f.). El dolor de la derecha. [Proporcionado en el chat].
  • Gramsci, A. (1975). Cuadernos de la cárcel. Edizioni Einaudi.
  • Grupo de Propaganda Marxista (GPM). (2003a). Pinochet: Un caso de bonapartismo (Parte III). Recuperado de https://www.nodo50.org/gpm/pinochet/03.htm.
  • Grupo de Propaganda Marxista (GPM). (2003b). Pinochet: Un caso de bonapartismo (Introducción). Recuperado de https://www.nodo50.org/gpm/pinochet/00.htm.
  • Mariátegui, J. C. (1928). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Amauta.
  • Sartre, J.-P. (1960). Crítica de la razón dialéctica. Gallimard.
Vargas Llosa, M. (1986). Contra viento y marea. Seix


[1] Sí bien hay mucho cuestionamiento en cuanto al aporte de Mariátegui en cuanto al desarrollo de la teoría del valor o su poca rigurosidad al analizar la economía peruana por el poco uso de categorías del materialismo histórico, lo que aún sigue en debate, considero que es muy valioso su aporte en la difusión de Marxismo y su análisis de los temas culturales y literarios.