En las entrañas de un país periférico, donde el sol quema la piel y el desempleo muerde el alma, la migración no es solo un cambio de paisaje, sino una amputación. El campesino, arrancado de su comunidad como una planta de su tierra, deja atrás el abrazo colectivo del ayllu, la voz de los Apus, el susurro de la Pachamama, para hundirse en el asfalto de la ciudad. Cusco, con sus calles abarrotadas y sus promesas rotas, al igual que otras ciudades recibe a estos exiliados del campo, ahora convertidos en individuos, en átomos solitarios que venden su fuerza de trabajo por migajas. ¿Qué pasa en la mente de este nuevo proletario, este híbrido entre el comunero que fue y el engranaje del capital que ahora es? Una ruptura, un desgarro, un anhelo que canta en voz baja por la vida que quedó atrás, mientras el sistema lo mastica y lo escupe como “capital variable”. Y en medio de este torbellino, emerge el Señor de Qoyllurit’i, no como salvador, sino como un espejo cruel donde el proletario se adora a sí mismo, disfrazado de Cristo y de Apu, en una danza mágica que lo religa —¡oh, ironía de la palabra religio!— al mismo sistema que lo explota.
La migración: del ayllu al
asfalto
En su mente, un torbellino. La
ciudad no es solo un cambio de escenario; es una nueva cosmovisión que lo
despoja de su identidad colectiva y lo reduce a un individuo, un número en la
fila del desempleo. Los santos del Cusco, con sus procesiones opulentas, no le
hablan. Esos son para los criollos, los mestizos, los que ya tienen un lugar en
esta jerarquía urbana. Él, el recién llegado, el paisano, sigue siendo un
extraño, un marginado. Pero no está solo. Entre los escombros de la ciudad,
encuentra a otros como él: paisanos de la misma provincia, hermanos de la misma
herida. Juntos forman “naciones”, esas agrupaciones que, con un dejo de ironía,
intentan resucitar el ayllu en el corazón del Capitalismo. Y en esa búsqueda de
religarse, de volver a ser parte de algo, aparece el Señor de Qoyllurit’i, el
Cristo de la nieve, el Apu que canta en las alturas.
El Señor de Qoyllurit’i: un
espejo de contradicciones
Oh, qué espectáculo, qué materialidad
transfigurada en altar. Cada año, los proletarios andinos, esos desterrados del
campo, emprenden el peregrinaje al santuario de Qoyllurit’i, en las faldas
heladas del nevado Ausangate. Se organizan en “naciones”, se cubren con
máscaras, se visten de danzantes: pabluchas, ukukus, qhapaq qollas. La máscara,
qué ironía, no solo oculta el rostro, sino que borra al individuo, ese átomo
solitario que el capitalismo les impuso. Bajo la máscara, son paisanos, son
comunidad, son algo más que capital variable. Pero no nos engañemos: esta
comunión es un espejismo, un truco de magia andina que mezcla lo sagrado con lo
profano, lo cristiano con lo pagano, en un cóctel que embriaga pero no libera.
En el santuario, ellos mandan.
Los marginados de la ciudad, los desempleados, los precarizados, se convierten
en reyes de la nieve. Organizan, danzan, ofrecen su tiempo, su dinero, su sudor,
imponen su disciplina. Pero, ¿a quién adoran? Al Señor de Qoyllurit’i, el
Cristo pintado en la roca, el Apu que respira en la montaña. Y aquí está la
trampa, la gran broma del sistema: al adorar a este Cristo-Apu, se adoran a sí
mismos. Porque ellos, los proletarios, son el Hijo sacrificado, el Jesús que
carga la cruz del capital. Su devoción es un acto poético, sí, pero también un
sarcasmo cruel: sacralizan su propia explotación, transforman su miseria en un
ritual sagrado, y el sistema, ese gran titiritero, aplaude desde las sombras.
La alienación mágica: una danza
con el capital
El artículo del GPM “Hegel, Marx
y la Dialéctica” (1) nos lo advirtió: la dialéctica del capitalismo no es una
reconciliación armónica, como soñaba Hegel, sino una contradicción que clama
por ser negada. Pero en Qoyllurit’i, la contradicción se disfraza de fiesta. El
capital, el Padre omnipotente, rige la vida de estos peregrinos, los obliga a
vender su fuerza de trabajo en un mercado que los desprecia. 
El proletariado, el Hijo, danza en la nieve, se arrodilla ante la roca sagrada, y en ese acto cree encontrar redención. El Espíritu Santo, la síntesis, no es la liberación prometida, sino una alienación colectiva: la comunidad se religa, sí, pero al sistema que la oprime. La waka andina, el Apu, el Cristo, se funden en una cosmovisión que consuela, pero no emancipa. Es un pensamiento mágico que transforma el sufrimiento en trascendencia, pero no toca las cadenas del capital. No por gusto el Arzobispado mando a pintar esta roca sagrada para canalizar el culto andino a un único Dios cristiano.
Y qué poético es este artificio.
Los peregrinos, con sus máscaras y sus danzas, tejen un tapiz de resistencia
cultural, un canto a la memoria del ayllu, a la tierra que los vio nacer. Pero
el sistema, astuto como es, convierte esa resistencia en un mecanismo de
control. La ideología cristiana.