Introducción
Como militante marxista y exintegrante del Centro de Investigación Marxista de Perú, he dedicado años al estudio y la difusión del materialismo histórico, convencido de que su rigor científico es la clave para comprender y transformar la sociedad. En esta entrada de mi blog, comparto una correspondencia que sostuve en 2005 con el Grupo de Propaganda Marxista (GPM), un colectivo cuyo trabajo teórico ha sido fundamental para mi formación política. Este intercambio, centrado en la pregunta “¿Por qué el marxismo es científico?”, refleja un momento clave en mi formación política, cuando, como parte de un círculo de estudio, elaboré un artículo que luego enriquecí gracias a la crítica rigurosa del GPM. Publicar estas cartas no solo es un ejercicio de memoria histórica, sino también un homenaje al poder del diálogo colectivo en la construcción del conocimiento revolucionario. Mi artículo, inspirado en los aportes de Antonio Gramsci, y la respuesta del GPM, que profundiza en las premisas reales del marxismo, ofrecen una reflexión profunda sobre la cientificidad del materialismo histórico, cuya relevancia sigue vigente en nuestra lucha por una sociedad sin clases.
Explicación
de la correspondencia
La correspondencia que presento en esta entrada tuvo lugar entre septiembre y
noviembre de 2005, cuando, como parte de un círculo de estudio en el Centro de
Investigación Marxista de Perú, recibí la tarea de escribir un artículo sobre
el carácter científico del marxismo. Mi carta, enviada al GPM el 7 de
septiembre de 2005, expone mi análisis inicial, basado en los aportes de
Gramsci, quien plantea que lo científico es racional en función de un fin, como
la superación del capitalismo mediante la organización política del
proletariado. Argumenté que el marxismo es científico por su capacidad de
partir de premisas reales, rechazar utopías y garantizar la independencia del
proletariado en sus fines históricos.
La
respuesta del GPM, recibida el 13 de noviembre de 2005, enriqueció mi
perspectiva al señalar una distinción crucial: no todo lo científico es
racional si las premisas no son reales, como en el caso de Hegel, quien aplicó
un método científico a un objeto místico. El GPM subraya que el marxismo es
científico porque aplica el método dialéctico a premisas materiales, como la
producción social y la lucha de clases, permitiendo prever la necesidad
histórica del cambio social. Esta crítica me ayudó a comprender que la
racionalidad marxista no es utilitarista, sino que se fundamenta en la verdad
objetiva, como expresó Lenin: “La verdad es revolucionaria”. La inclusión de
citas de Marx, Engels y Gramsci, junto con la referencia a la teoría del
derrumbe del capitalismo, refuerza la idea de que el marxismo no solo analiza
la realidad, sino que orienta la acción revolucionaria.
Publicar
esta correspondencia en mi blog tiene un propósito doble: preservar un
documento que marcó mi desarrollo teórico y compartir con los lectores una
discusión que ilustra la fuerza del marxismo como ciencia. Las cartas muestran
cómo el intercambio entre militantes, aun a miles de kilómetros de distancia,
puede generar un aprendizaje profundo y reafirmar el compromiso con la
emancipación del proletariado. Invito a los lectores a reflexionar sobre estas
ideas y a unirse al estudio del materialismo histórico como herramienta para
transformar el mundo.
Alejandro
Ponce Escalante
Exintegrante
del Centro de Investigación Marxista de Perú
Carta
al GPM, 07 de setiembre de 2005.
Hola,
compañeros del GPM. En el círculo en el que estudio se ha asignado la tarea de
escribir artículos de forma obligatoria para evaluar el nivel de todos los
compañeros. Este es mi artículo, en el que recopilo algunos aportes de Gramsci,
principalmente.
El
tema planteado en la reunión es: ¿por qué el marxismo es científico? A
continuación, presento mi respuesta:
Según
Gramsci[1], lo científico es todo lo racional, pero racional en función de un
fin que se desea alcanzar. Esto se traduce, por ejemplo, en producir al máximo
con el mínimo esfuerzo. Este hecho implica también seleccionar los actos y
operaciones que conducen a ese fin, considerando la técnica como un complemento
de la ciencia.
Se
ha intentado asociar el término “ciencia” al de “método”, generando cierto
fetichismo por los métodos desarrollados en las ciencias naturales. Sin
embargo, no se puede plantear un método universal, pues cada investigación
tiene un método propio con el que construye su sistema científico. Esto se debe
a que investigación, método y ciencia constituyen un todo único; el método,
entonces, es el contenido particular consustancial a toda ciencia.
El
marxismo se propone superar las lacras sociales derivadas de la división de la
sociedad en clases, la explotación, la alienación y los problemas generados por
las crisis capitalistas, que provienen de la naturaleza social del capital y de
todas las sociedades que le precedieron.
El
marxismo ha creado la teoría y el conocimiento que, partiendo de premisas
reales, determina que la organización política del proletariado en un partido
para la toma del poder y la implementación de un programa posibilitan el libre
desarrollo de las fuerzas productivas, la extinción de las clases sociales y el
retorno a una condición de humanidad que domine la producción.
Este
planteamiento es el más racional, el camino más corto y con el menor costo de
sufrimiento (en recursos y vidas humanas) para la urgente superación del
capitalismo.
Muchas
corrientes de pensamiento también se han propuesto llegar a una sociedad sin
clases, partiendo de ideales o recreando la imaginación. Sin embargo, el
marxismo ha demostrado que esos ideales tienen su origen en las propias
contradicciones del capitalismo y que, al no basarse en premisas reales,
devienen utópicos e inviables. De esto se ocuparon Marx, Engels y todos los
precursores del materialismo histórico.
Algunos
malintencionados han querido utilizar aquellos argumentos utópicos para usar la
política como un peldaño para ascender a una clase social más elevada
(reformistas, mercenarios). Los teóricos del marxismo siempre los han
desenmascarado y demostrado su mediocridad. Asimismo, de forma premeditada, se
ha intentado separar algunos conceptos del marxismo para revisarlos y llegar a
conclusiones diferentes. Sin embargo, al ser tan contundente, al marxismo no se
le puede ser indiferente sin caer en la arbitrariedad.
El
marxismo o materialismo histórico es también científico porque es ortodoxo, es
decir, todopoderoso. El materialismo histórico es la única ciencia que se basta
a sí misma, pues contiene todos los elementos para el estudio y la organización
práctica de toda la sociedad. De ahí que sea la única teoría que, al no tener
lagunas ideológicas o científicas, garantiza la independencia del proletariado
en cuanto a sus fines políticos e históricos.
¿Y
cómo se ha traducido esto en lenguaje filosófico? El marxismo, al no dejar ni
un milímetro a la metafísica, plantea que el hombre tiene la capacidad de transformar
cualquier aspecto de la realidad. Esto es el historicismo absoluto o la
terrenalización absoluta del pensamiento, lo que se ha traducido en el
humanismo más consecuente.
Alejandro
Ponce E.
Respuesta
del GPM:13 de noviembre de 2005.
Compañero
Alejandro:
Usted
afirma que toda racionalidad es científica. Cierto. Pero no todo lo científico
es racional, si entendemos por racional lo verdadero como condición de una
realidad efectiva, a diferencia de lo que simplemente existe, aunque sea no
verdadero o falso, como una ilusión, un dogma o una realidad que ha dejado de
ser racional en tanto que su existencia le impide cada vez más realizar la
lógica o principio activo que constituye su esencia, como vivir del trabajo
ajeno. Tal es el caso del capitalismo, según progresan las fuerzas productivas al
interior de esa formación social, donde la burguesía:
«No
es capaz de dominar porque no puede asegurar a sus esclavos la existencia ni
siquiera en las condiciones de su propia esclavitud, porque se ve obligada a
dejarles decaer hasta el punto de tener que mantenerles en lugar de ser
mantenida por ellos…» (K. Marx-F. Engels: Manifiesto Comunista, I).
La
afirmación de que no todo lo científico es racional puede parecer paradójica,
pero no lo es. La prueba está en que Marx nunca puso en tela de juicio que el
método dialéctico presentado por Hegel en su Ciencia de la Lógica sea
científico, porque en El Capital demostró que lo es. Sin embargo, la
cientificidad probada de una metodología de pensamiento puede volverse
irracional cuando se aplica a premisas que no tienen relación con la realidad.
En el caso de Hegel, porque aplicó su método científico a un objeto místico: la
Santísima Trinidad cristiana. Es decir, en su Ciencia de la Lógica,
subsumió la racionalidad científica de su método en la irracional concepción
teológica judeocristiana del mundo.
Por
eso, nunca será suficiente recusar el prejuicio de que el marxismo se distingue
solo por su metodología científica. El pensamiento materialista histórico no se
distingue únicamente por esto, sino principalmente porque se aplica sobre un
objeto real, del que solo es posible abstraerse mediante la imaginación. Ese
objeto consiste en que el ser humano —su ser social— necesita trabajar para
vivir. En la sociedad de clases, esta necesidad se ha desdoblado entre quienes
necesitan trabajar para vivir y quienes viven del trabajo ajeno. Esto ha sido
así tras la superación histórica de la sociedad comunista primitiva.
Desarrollemos
brevemente el ejemplo de un método científico de pensamiento aplicado a
premisas ilusorias o falsas. Hegel partió de la dialéctica entre el ser y la
nada. En un segundo momento, de esa dialéctica entre el ser del pensamiento en
general y la nada, que es lo mismo, surge el devenir. ¿El devenir de qué? Del
ser, pero como puro pensamiento, dado que, para Hegel, el ser que el
pensamiento toma como objeto de su actividad es el mismo pensamiento: las categorías
del ser. Aquí, al poner el principio activo del devenir del ser —como síntesis
originaria de la dialéctica entre ser y nada— en el pensamiento, ese devenir
del ser ni siquiera está lógicamente determinado por el pensamiento puramente
humano, sino por el pensamiento divino, por el Dios Padre, que en un segundo
momento se humaniza en el Hijo para volver finalmente a los cielos como
síntesis de la dialéctica complementaria entre el Padre y el Hijo, representada
en la paloma del Espíritu Santo. Aquí, la concepción hegeliana del mundo se
reveló como “teología racionalizada”, al decir con acierto de Feuerbach, el
primer gran crítico radical de su sistema filosófico.
En
efecto, Hegel comienza su Ciencia de la Lógica identificando al
pensamiento como sujeto sin predicado, sin atributos, como pensamiento en
general. Entonces dice: este pensamiento, como sujeto sin predicado, del que no
se puede predicar o afirmar algo, no es nada. De aquí surge el primer acto de
la dialéctica entre el ser del pensamiento en general y la nada, contradicción
que Hegel sintetizó lógicamente en el devenir, que es cuando el pensamiento
supera la nada del ser sujeto sin predicado y se determina como devenir.
¿Devenir de qué? Del pensamiento, naturalmente, del “pensamiento que se piensa
a sí mismo” y que crea el “ser en sí”. ¿El ser en sí de qué? Del pensamiento.
Es decir, un pensamiento cuyo objeto es el mismo pensamiento. Tal es la premisa
de la cual parte Hegel: una abstracción dogmática absoluta de carácter
religioso y socialmente estamental, para terminar justificando la identidad
entre el Dios cristiano y el monarca prusiano Federico Guillermo III, como
representante de Dios en la Tierra. Una arbitrariedad de su pensamiento
respecto de la realidad del mundo, sin duda condicionada por el lugar acomodado
que a Hegel le tocó vivir en la sociedad de su tiempo, condición frente a la
que no tuvo el valor de sobreponerse, ni con el pensamiento ni con su acción
consecuente. De ahí las premisas teológicas del pensamiento contrarrevolucionario
dominante que debió adoptar y a las cuales aplicó su método dialéctico
revolucionario.
Al
contrario que Hegel, ¿de qué premisas partieron Marx y Engels? Así lo expresan
por primera vez en 1845:
«Las
premisas de que partimos no son arbitrarias, no son dogmas, sino premisas
reales, de las que solo es posible abstraerse en la imaginación. Son los
individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto
aquellas que se han encontrado ya hechas, como las engendradas por su propia
acción. Estas premisas pueden comprobarse, consiguientemente, por la vía
puramente empírica.» (La ideología alemana, § 2).
Por
tanto, no todo pensamiento científico es racional, es decir, verdadero. El
materialismo histórico es un pensamiento científico porque es, ante todo,
racional. ¿Por qué es racional? No solo por su método científico, sino por las
premisas a las cuales aplica el método de pensamiento. Y si se trata de
descubrir la verdad de la historia de la humanidad, hay que definir las
premisas que caracterizan desde su origen a la especie humana, definiéndola por
lo que realmente es, por su carácter distintivo.
¿En
qué consisten esas premisas que definen el carácter distintivo de los seres
humanos? La primera y primordial premisa consiste en que los seres humanos no
recolectan, sino que producen sus medios de vida. Por tanto, se caracterizan
por su trabajo social, por sus fuerzas sociales productivas. La segunda premisa
se presenta como la división del trabajo. La tercera, como formas históricas de
propiedad o relaciones de producción que las fuerzas productivas se dan para sí
en cada período de su desarrollo.
De
todas estas premisas articuladas surge la dialéctica entre relaciones de
producción y fuerzas productivas, cuyo polo trascendente son las fuerzas productivas
que periódicamente superan a las relaciones de propiedad bajo las cuales se han
desarrollado, para inaugurar sucesivos períodos bajo sus correspondientes
relaciones de producción acordes con el progreso de su desarrollo.
Según
esta lógica dialéctica que explica la historia o el progreso histórico de la
humanidad, una vez superado el período correspondiente al tipo de propiedad
social del comunismo primitivo, la dialéctica histórica entre las fuerzas
productivas y sus correspondientes relaciones de producción se tradujo
socialmente en relaciones entre clases sociales: explotadores y explotados, que
a través de cada formación social han ido determinando el devenir prehistórico
de las fuerzas sociales productivas. Prehistórico, porque la verdadera historia
de la humanidad comenzará con el advenimiento de la sociedad sin clases, que
será la historia de la humanidad desalienada o emancipada respecto de sí misma.
Y es que, al emanciparse humanamente de la última categoría política dominante
al interior de la sociedad de clases, el proletariado emancipa a su ser humano
contrario, la burguesía, de su propia enajenación respecto de su capital.
Porque, como dijera Marx, la burguesía bajo el capitalismo también está
enajenada, “solo que su enajenación le hace sentir bien”.
Agotamos
aquí la observación acerca de que todo lo racional es científico, demostrando
que un método de pensamiento racional se vuelve irracional si las premisas que
constituyen su objeto no son reales, sino ilusorias o dogmáticas y, por tanto, falsas.
Seguidamente,
usted dice que “…científico es todo lo racional, conforme a un fin que se
quiere obtener”. Desde el punto de vista del rigor científico-social, esto
puede aceptarse si el resultado que se quiere obtener es históricamente
necesario. De no cumplirse tal condición, adecuar o conformar el pensamiento a
determinados fines, sean particulares —como hacen las distintas fracciones de
la burguesía— o pretendidamente humanitarios —como han venido haciendo todos
los socialistas desde el siglo XIX hasta Marx—, no es ciencia, sino todo lo
contrario.
La
ciencia consiste en descubrir, por mediación del pensamiento, lo que hay de
objetivamente necesario en su objeto (sus premisas), teniendo en cuenta que su
necesidad objetiva es su verdad, su autenticidad, lo que le hace ser por sí
mismo según su naturaleza y no según lo que desde fuera de ese objeto se quiere
hacer de él, sin conocer su legalidad objetiva. Por ejemplo: ¿en qué consiste
la necesidad de los vegetales en general? En la ley de la fotosíntesis. ¿Y en
qué consiste la necesidad de la sociedad burguesa? En la Ley General de la
Acumulación Capitalista, derivada de la Ley fundamental del valor.
En
la ciencia, se trata, pues, de descubrir lo necesario o apodíctico en cada
objeto del conocimiento, es decir, la ley causal fundamental que hace a la
naturaleza específica de cada objeto, como condición sine qua non para
su transformación.
Según
usted ha definido lo racional, en cambio, se desemboca alternativamente en un
utilitarismo pragmático o en un voluntarismo ingenuo o utópico, ambos ubicados
en las antípodas de la ciencia. Y es que, tanto el pragmatismo burgués en que
culminó la escuela económica subjetivista, como el voluntarismo utópico de
inspiración socialista, tienen en común que se desentienden de la objetividad
científica, de modo que los primeros orientan su comportamiento según la
conveniencia personal, y los segundos por ideales igualitarios.
La
escuela económica subjetivista tuvo su origen en el principio económico de los
economistas clásicos, según el cual, si bien la riqueza surge del trabajo
social, el incentivo de la producción y de los intercambios mercantiles está en
la propensión natural de cada sujeto a maximizar su ingreso en dinero. De aquí
surgió la idea del ser humano económico, hedonista, el homo oeconomicus,
que se comporta según el principio de la ventaja económica. El despliegue
lógico de este axioma burgués desembocó en la doctrina según la cual todo
comportamiento humano está presidido por obtener el máximo placer y el mínimo
displacer posibles en las condiciones dadas.
Según
esta doctrina, la economía política deja de ser una ciencia cuyo objeto es la
producción y la distribución de la riqueza bajo determinadas relaciones
sociales, es decir, entre seres humanos reales divididos en clases, sino que se
transforma en una “ciencia” cuyo objeto pasa a ser la relación entre seres
humanos ideales o genéricos y cosas, bienes económicos que sirven para
satisfacer necesidades. Y en este mundo así concebido, estos seres humanos ideales
se comportan respecto de los bienes de acuerdo con el principio de la
“racionalidad económica” inspirada en la propensión de ese supuesto ser humano
genérico —en realidad burgués— a maximizar la utilidad o placer como consumidor
y el beneficio como productor.
El
último capítulo al que los subjetivistas han debido llegar, arrastrados por la
lógica hedonista, consistió en despojar a esta “racionalidad económica” de su
objeto originario: la riqueza, para aplicarla a cualquier objeto, llámese
placer en el sentido psicológico (ganar amigos e influir sobre las personas) y
hasta sexual, pasando por el reconocimiento social de determinada labor
humanitaria. Sacar partido de todos esos objetos sobre los que recae la
actividad humana.
Así,
la racionalidad económica pasa a ser entendida como un método no referido ya a
la utilidad específicamente económica, sino a múltiples utilidades que pasaron
a llamarse “preferencias”, de modo que la lógica de la “racionalidad económica”
quedó convertida en una “lógica de la elección racional” de objetos
alternativos de distinta naturaleza (psicológicos, sexuales, económicos,
políticos, humanitarios, etc.), para la maximización del placer, del beneficio
económico, del poder político o de aspiraciones altruistas, es decir, una
metodología tendente a la “maximización de preferencias sobre objetos
alternativos”, llamada “racional”.
Llegamos
así a un principio de “racionalidad económica formal”, genérica o abstracta, en
tanto y cuanto hace abstracción de un objeto específico, de cualquier objeto.
La definición más precisa de esta racionalidad económica fue proporcionada por
Lionel Robbins, para quien la economía es la ciencia que estudia la conducta
humana como una adecuación de medios escasos a fines múltiples. La economía
llega de este modo a ser la “ciencia general” del comportamiento humano regida
por el principio económico hedonista, también general, consistente en la
obtención del máximo placer o beneficio con el mínimo esfuerzo, que es lo que
usted comenzó proponiendo.
De
esta manera, la economía política, que estudiaba la producción y distribución
de la riqueza creada por el trabajo de los seres humanos, lo cual suponía las
relaciones objetivas de producción y eso daba pie a las clases sociales, se
vacía por completo de ese contenido para convertirse en un capítulo de la
praxeología o “lógica” —¡qué lógica!— de la “elección formal” de los sujetos,
donde el criterio de verdad del comportamiento de esos sujetos no depende de la
elección que se hace, sino de que apliquen correctamente el principio económico
del máximo placer o beneficio con el mínimo coste o esfuerzo. En la praxeología
empresarial, se trata del principio de la productividad, donde el asalariado
desaparece como ser humano, convertido en una herramienta más de cada proceso
productivo particular, donde solo se diferencia de las otras por ser un instrumentum
vocale, un instrumento que habla, tal como se conceptualizaba a los
esclavos en la sociedad que condicionó el pensamiento arquitectónico de
Aristóteles.
Suponemos
que usted jamás se imaginó estar proponiendo semejante monstruosidad
ideológica, dicha esta palabra en el sentido napoleónico, es decir, no como un
reflejo de la realidad, sino como un reflejo que distorsiona y falsifica la
realidad. Pero es que, como el camino al infierno, muchos caminos del
pensamiento que conducen a falsas conclusiones también están empedrados de
buenas intenciones, de modo que, a los fines de juzgar sobre el carácter
racional o irracional de una proposición cualquiera, no vale lo que se quiso
decir, sino lo que realmente se dijo.
En
tal sentido, proponer o afirmar que “científico es todo lo racional conforme
a un fin que se quiere obtener con el mínimo esfuerzo”, despreocupándose de
saber previamente si ese fin subjetivamente perseguido es objetivamente
necesario porque está en la naturaleza de la realidad actual, constituye no
solo un quid pro quo, sino un malísimo negocio desde el punto de vista
político revolucionario. Porque supone cambiar la racionalidad que permite
comprender el movimiento objetivo de lo real, como guía para la acción
colectiva efectivamente transformadora de esa realidad, por una presunta
racionalidad subjetiva formal o praxeológica, como guía para el comportamiento
individual dentro de esa realidad que así permanece intangible.
Usted
ha continuado citando la crítica de Gramsci al Ensayo Popular de Sociología
de Bujarin (1921), titulado Teoría del Materialismo Histórico. En esa
crítica de sus Cuadernos de la Cárcel, Gramsci se refiere implícitamente
a la previsión científica y sobre esto empieza señalando que no puede hablarse
de un método tipo aplicable a cualquier objeto, es decir, que a cada objeto del
conocimiento le corresponde un método específico, lo cual es cierto, en contra
de lo que pensaron todos los subjetivistas que acabaron inventando un método
sin objeto, desde John Stuart Mill a Ludwig von Mises y Robbins, pasando por
Jevons, Menger, Böhm-Bawerk, Wieser y Marshall.
Pero
en ese mismo texto, inmediatamente Gramsci parece negar toda capacidad de
prever científicamente el comportamiento de los objetos propios de las ciencias
sociales, en nuestro caso, la tendencia histórica que gravita al interior de la
sociedad capitalista en un sentido preciso, independientemente de la voluntad
de los seres humanos comprometidos en esta formación social. Y Gramsci
argumenta que el comportamiento de los objetos propios de las ciencias de la
naturaleza no se puede homologar con el comportamiento de los sujetos sociales
en cuanto clases. De aquí parece haber sacado la conclusión de que la previsión
científica respecto de los objetos sociales no puede ser teórica, sino
exclusivamente práctica, en el sentido de pura práctica política. Y lo dice
así:
«Puesto
que “parece” —por una extraña inversión de las perspectivas— que las ciencias
naturales proporcionan la capacidad de prever la evolución de los procesos
naturales, la metodología histórica ha sido “científicamente” concebida solo si
y en cuanto habilita abstractamente para “prever” el porvenir de la sociedad.
De donde resulta la búsqueda de las causas esenciales o, mejor, de la “causa
primera”, de la “causa de las causas”. Pero las tesis sobre Feuerbach ya habían
criticado anticipadamente esta concepción simplista. En realidad, se puede
prever “científicamente” la lucha, pero no sus momentos concretos, los cuales
solo pueden ser el resultado de fuerzas contrastantes, en continuo movimiento,
jamás reductibles a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad deviene
calidad. Realmente se “prevé” en la medida en que se obra, en que se aplica un
esfuerzo voluntario y, por lo tanto, se contribuye concretamente a crear el
resultado “previsto”. La previsión se revela, por consiguiente, no como un acto
científico de conocimiento, sino como la expresión abstracta del esfuerzo que
se hace, el modo práctico de crear una voluntad colectiva.
¿Cómo
podría la previsión ser un acto de conocimiento? Se conoce lo que ha sido o lo
que es, no lo que será, que es un “no existente” y, por lo tanto, incognoscible
por definición. La previsión es, por ello, un acto práctico, que no puede, en
cuanto no sea una futileza o una pérdida de tiempo, tener otra explicación que
la expuesta más arriba. Es necesario ubicar exactamente el problema de la
previsibilidad de los acontecimientos históricos para estar en condiciones de criticar
en forma exhaustiva la concepción del causalismo mecánico, para vaciarla de
todo prestigio científico y reducirla a un puro mito, que quizás hubiese sido
útil en el pasado, en el período primitivo de desarrollo de ciertos grupos
sociales subalternos.»
(Op. cit.).
Si
Marx hubiera llegado a la misma conclusión que Gramsci parece engañosamente
formular en este párrafo, no se habría puesto a escribir su obra fundamental El
Capital. Ni siquiera él y Engels hubiesen siquiera empezado a encarrilar
sus pensamientos por la senda que inauguraron al escribir en 1845 La
Ideología Alemana.
Y
es que el objeto de la economía política no son los sujetos, ni siquiera las
clases sociales en lucha, sino las relaciones de producción y cambio de los
agentes económicos, cuya subjetividad está férreamente determinada por las
relaciones objetivas de producción regidas por leyes de comportamiento
cuantificables, como la ley de la tendencia del salario a un mínimo histórico o
la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Por eso es que en su
proceso de investigación Marx hizo abstracción por completo de los conflictos
sociales y políticos:
«En
sí y para sí, no se trata aquí del mayor o menor grado alcanzado en su
desarrollo por los antagonismos sociales que resultan de las leyes naturales de
la producción capitalista. Se trata de estas leyes mismas, de esas tendencias
que operan y se imponen con férrea necesidad.» (K. Marx: El Capital,
Prólogo a la primera edición).
En
tal sentido, puede decirse que ni los obreros ni los burgueses producen y
llevan voluntariamente sus respectivas mercancías al mercado, sino que son
llevados allí por ellas. El fetichismo de la mercancía que Marx expuso en el
punto 4 del Capítulo I tiene en este hecho su principio activo, nada subjetivo
ni voluntario.
Aquí
se ve cómo es Gramsci quien, en ese texto suyo citado por usted, parece
invertir la preponderancia que la objetividad de las leyes económicas tiene
sobre la subjetividad en la superestructura, al poner el polo dominante de la
relación en esta última, nada que ver con la concepción materialista de la
historia.
Como
ya hemos visto más arriba, la primordial premisa real de la cual partieron Marx
y Engels es que los seres humanos advierten que se distinguen de las otras
especies animales “tan pronto comienzan a producir sus medios de vida”.
De esta premisa material deriva el concepto de fuerzas sociales productivas en
su relación dialéctica fundamental con sus correspondientes relaciones
históricas de producción o formas de propiedad sobre los medios de producción
en un determinado período histórico. Esta dialéctica fundamental o
contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción es
la que permite determinar hasta cierto punto el grado de enfrentamiento táctico
entre las clases, así como la posibilidad de que las luchas sociales
trasciendan al terreno político.
Y
es el estudio de la estructura económica o modo de producción de la vida
material en la sociedad agonizante el que también permite prever el nuevo modo
de producción donde quepa económica y socialmente el desarrollo alcanzado por
las fuerzas productivas que ya no caben en la sociedad decadente, tal como hizo
Marx en su Crítica del Programa de Gotha. Y en la medida en que la
revolución se consolide políticamente, y el proletariado, como personificación
de las fuerzas productivas, vaya notando que cabe más holgada y
confortablemente al interior del nuevo modo de producción, el resto de la
superestructura burguesa de dominación en lo filosófico, ético, moral, sociológico,
jurídico y estético-artístico podrá ir siendo reemplazado por una nueva cultura
al servicio de la emancipación humana general, incluidos los burgueses. Así
sintetizaron Marx y Engels este pensamiento de cuño materialista histórico en La
Ideología Alemana:
«No
es la conciencia del ser humano la que determina su existencia, sino, por el
contrario, su ser social es el que determina su conciencia.» (Op. cit.).
Donde
por “ser social” Marx y Engels entienden unívocamente, en todo contexto, a
determinadas relaciones de producción que los seres humanos contraen en cada
período de desarrollo de sus fuerzas productivas. Son relaciones de producción
que las fuerzas productivas de los seres humanos se dan para sí en cada uno de
esos períodos de su desarrollo. Este pensamiento supone que, al llegar a una
determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas ya no caben al
interior de las relaciones de producción que en el pasado adoptaron y,
entonces, tienden a ser rebasadas por el ser social del proletariado que va
tomando conciencia de esa necesidad histórica. Se abre así toda una época, más
o menos larga, de revolución social, con marchas y contramarchas, avances y
retrocesos, en que se pone de manifiesto la creciente inadecuación y
agudizamiento de la contradicción entre las fuerzas productivas y las
relaciones de producción. Y es en este punto que Marx hace la siguiente
advertencia:
«Cuando
se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios
materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción —que pueden
estudiarse con la exactitud propia de las ciencias naturales— y las formas
jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las
formas ideológicas en que los seres humanos adquieren conciencia de ese
conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un
individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a esas épocas
de revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse
esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto
entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción
(conflicto cuya necesidad objetiva de ser superado por las fuerzas productivas
se va apoderando de la conciencia del proletariado a instancias de su
vanguardia natural, según recrudecen las contradicciones y actúa sobre él la
vanguardia revolucionaria ya autoconsciente de esa necesidad objetiva).»
(Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro).
¿Qué
afirma Gramsci sobre este asunto en el pasaje de sus Cuadernos de la Cárcel
donde se ocupó de criticar el Ensayo Popular de Bujarin? Lo siguiente:
«…En
realidad, se puede prever “científicamente” solo la lucha, pero no los momentos
concretos de esta, que no pueden sino ser el resultado de fuerzas contrastantes
en continuo movimiento (como el átomo golpeado por el fotón), no reductibles
nunca a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad se convierte
continuamente en calidad (la cualidad no se puede determinar científicamente).
En política, realmente se prevé en la medida en que se actúa, en que se aplica
un esfuerzo voluntario y con ello se contribuye concretamente a crear el
resultado “previsto”. La previsión en medio de una lucha se revela, pues, no
como un acto científico de conocimiento con el fin de prever su resultado, sino
como la expresión abstracta del esfuerzo que se hace, el modo práctico de crear
una voluntad colectiva…» (Op. cit. Lo entre paréntesis y el subrayado es
nuestro).
Las
palabras son las herramientas del pensamiento y, por tanto, hay que saber
comprenderlas en su respectivo contexto para poder usarlas correctamente. En
este párrafo, Gramsci dice dos cosas: la primera, que se puede prever
científicamente la lucha, es decir, que el pasaje de un modo de producción a otro
en la sociedad de clases se produce invariablemente mediante la violencia
revolucionaria. Fíjese que Gramsci apunta en este pasaje de su obra a lo mismo
que Marx le dijo a Engels en su carta del 30/04/1868, en la que sintetizó el
curso seguido por su pensamiento en los tomos I y II de El Capital:
«…En
fin, dando por sentado que estos tres elementos: salario del trabajo, renta del
suelo y ganancia, son las fuentes de ingreso de las tres clases, a saber: la de
los terratenientes, la de los capitalistas y la de los obreros asalariados,
como conclusión de todo esto LA LUCHA DE CLASES, en la cual el movimiento se
descompone y es el desenlace de toda esta mierda…» (Carta de Marx a Engels
del 30/04/1868).
Aquí,
Marx habla del “movimiento” del capital, naturalmente contradictorio respecto
de sus fuerzas productivas. ¿Y cuál es, según el materialismo histórico, la
tendencia de este movimiento objetivo del capital como consecuencia de su
contradicción creciente con las fuerzas productivas que alberga en su seno? La
tendencia histórica al descenso de la tasa de ganancia y, por tanto, al
derrumbe del sistema capitalista. Sobre este asunto, véanse: http://www.nodo50.org/gpm/necesidad-comunismo/06.htm
y http://www.nodo50.org/gpm/derrumbe/14.htm.
Y
el necesario desenlace de esta tendencia es la lucha política de clases que,
lógicamente, debe desembocar en la sociedad de transición al comunismo. Ambos
momentos imbricados: la tendencia de la historia en cada período y su necesario
desenlace violento que inaugura otro período histórico o formación social,
según Marx —corroborado por Gramsci—, se pueden prever con el rigor propio de
las ciencias naturales. Pero sin olvidar que la tendencia objetiva del
capitalismo al derrumbe de su sistema es la que determina la lucha de clases, y
no al revés. Entonces, la lucha de clases es el motor de la historia, su
fuerza. Pero la dirección y el sentido de esa historia, su vector hacia la
sociedad de transición al socialismo, no están en la lucha de clases, sino en
la naturaleza del capital, en su tendencia al derrumbe del sistema, que la
teoría prevé mucho antes de que se produzca y, consecuentemente, los
revolucionarios propagandizamos la necesidad de la lucha por el cambio radical
de sociedad para mitigar y abreviar los dolores de su parto. ¿Cómo? Difundiendo
el materialismo histórico aplicado a la sociedad actual como guía para la
acción política en esa precisa dirección y sentido. De ahí la necesidad de
estudiar El Capital para saber cuál es esa guía. Porque:
«Para
nosotros (para el GPM), la teoría del derrumbe es, pues, en primerísimo lugar,
lo que alumbra históricamente al interior, todavía no manifiesto, de la
conciencia colectiva de los explotados en la sociedad capitalista, la necesidad
de luchar por el socialismo aun antes de que esa necesidad se haga evidente
para las masas y ya no sea necesario seguir insistiendo en ella. En una carta a
su amigo Kugelmann del 11 de julio de 1868, Marx decía que cuando a un
economista vulgar se le ponía ante las conexiones internas del sistema
capitalista, este creía estar haciendo un gran descubrimiento al ver que las
cosas, tal como aparecen, presentan un aspecto diferente, jactándose de su
apego a la apariencia por considerarla como el único y absoluto criterio de
verdad.»
Y
Marx acaba esta parte de su carta diciendo:
«Pero
hay en este asunto otra intención. Una vez que se ha visto claro en estas
conexiones internas (del sistema), cualquier creencia teórica en la necesidad
permanente de las condiciones existentes se derrumba antes de su colapso
práctico. Las clases dominantes, pues, tienen así en este caso un interés
absoluto en perpetuar esta confusión y esta vacuidad de ideas. De otro modo,
¿por qué razón se les pagaría a estos psicofantes charlatanes, que no tienen
más argumento científico que el de afirmar que, en economía política, está terminantemente
prohibido pensar?» (Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro).
Sin
la teoría marxista del derrumbe, está claro que la burguesía no tendría
necesidad de negar a sus explotados el ejercicio de lo más distintivo del ser
humano respecto de los demás animales. (Véase en: http://www.nodo50.org/gpm/derrumbe/13.htm).
Todo
este razonamiento está condensado en lo que Gramsci ha querido significar en el
pasaje citado de sus Cuadernos de la Cárcel cuando dijo que “solo se
puede prever científicamente la lucha”.
Esta
es la primera cosa. La segunda es que no se pueden prever científicamente, es
decir, teóricamente, “los momentos concretos de ella”. ¿Y por qué no se
pueden prever científicamente los momentos concretos de la lucha? Pues, porque
se trata…
«…de
fuerzas contrastantes, en continuo movimiento, jamás reductibles a cantidades
fijas, porque en ellas la cantidad deviene calidad. Realmente se “prevé” en la
medida en que se obra, en que se aplica un esfuerzo voluntario y, por lo tanto,
se contribuye concretamente a crear el resultado “previsto”.» (A. Gramsci:
Op. cit.).
Se
trata de previsiones políticas sujetas a permanente rectificación por los
contendientes en el curso mismo de la lucha, y cuya confirmación o negación de
los fines propuestos para cada parte depende del resultado de cada lucha. La
memoria histórica se enriquece con tales previsiones en función de cada
resultado según sus causas.
Por
eso, Gramsci, en este contexto, ha puesto la palabra previsión
entrecomillada, para distinguirla de la previsión propiamente
teórico-científica, cuya confirmación no está nunca pendiente de ningún
resultado práctico, sino que, como hemos dicho más arriba, de las premisas
reales, objetivas, es decir, de comportamientos regulares perfectamente
cuantificables por completo al margen de toda lucha, que el pensamiento toma
como punto de partida y somete al método científico.
Y
es el resultado de este pensamiento científico, el descubrimiento de las leyes
del movimiento del capital, el que debe servir como guía a la práctica política,
tanto táctica como estratégica. Y, en este sentido, como bien tiene dicho por
ahí Althusser, no es que el materialismo histórico tenga hipotecadas sus
previsiones teóricas al resultado de la práctica política del proletariado,
sino que es el proletariado quien debe levantar con su práctica política la
hipoteca que todavía mantiene con las previsiones teóricas del materialismo
histórico, en tanto que siga sin considerarle como una “guía para la acción”,
como decía Lenin.
En
este punto, volvemos a su primera afirmación, en el sentido de que: “científico
es todo lo racional, pero conforme a un fin que se quiere obtener”, para
decir que esta proposición es aceptable a condición de que la finalidad que se
persiga sea científicamente necesaria y, por tanto, verdadera.
El
aforismo de Lenin: “La verdad es revolucionaria”, supone el cumplimiento
de esta condición sobre la necesidad científica teóricamente descubierta como
guía para la acción política. Por eso también decía Lenin que “sin teoría
revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”.
Esperamos
haberle servido de ayuda una vez más. No dude en trasmitirnos cualquier duda o
comentario.
Un
saludo: GPM
