miércoles, 3 de junio de 2026

EL PEREGRINAJE AL SEÑOR DE QOYLLURIT’I: RITUAL DEL COMUNERO DEVENIDO EN ASALARIADO

En las entrañas de un país periférico, donde el sol quema la piel y el desempleo muerde el alma, la migración no es solo un cambio de paisaje, sino una amputación. El campesino, arrancado de su comunidad como una planta de su tierra, deja atrás el abrazo colectivo del ayllu, la voz de los Apus, el susurro de la Pachamama, para hundirse en el asfalto de la ciudad. Cusco, con sus calles abarrotadas y sus promesas rotas, al igual que otras ciudades recibe a estos exiliados del campo, ahora convertidos en individuos, en átomos solitarios que venden su fuerza de trabajo por migajas. ¿Qué pasa en la mente de este nuevo proletario, este híbrido entre el comunero que fue y el engranaje del capital que ahora es? Una ruptura, un desgarro, un anhelo que canta en voz baja por la vida que quedó atrás, mientras el sistema lo mastica y lo escupe como “capital variable”. Y en medio de este torbellino, emerge el Señor de Qoyllurit’i, no como salvador, sino como un espejo cruel donde el proletario se adora a sí mismo, disfrazado de Cristo y de Apu, en una danza mágica que lo religa —¡oh, ironía de la palabra religio!— al mismo sistema que lo explota.

La migración: del ayllu al asfalto

Imagina a un hombre, una mujer, una familia. Ayer, sus manos acariciaban la tierra, sembraban papas bajo la mirada protectora de los cerros. Su vida era el ritmo del campo: La faena, el trueque, la minga, la fiesta que unía a la comunidad en un latido colectivo. Pero el hambre, la sequía, la falta de tierra o las promesas de un salario en la ciudad los empujaron al éxodo. Ahora, en los barrios marginales de Cusco, o Lima, en esos “pueblos jóvenes” que de jóvenes no tienen nada, el comunero se transforma en proletario. Su nuevo dios es el reloj, su nuevo altar es el taller, el restaurante, el mercado, la construcción. Su fuerza de trabajo, esa chispa vital que antes nutría la comunidad, ahora se vende al mejor postor, o al único que ofrece algo: el Capital.

En su mente, un torbellino. La ciudad no es solo un cambio de escenario; es una nueva cosmovisión que lo despoja de su identidad colectiva y lo reduce a un individuo, un número en la fila del desempleo. Los santos del Cusco, con sus procesiones opulentas, no le hablan. Esos son para los criollos, los mestizos, los que ya tienen un lugar en esta jerarquía urbana. Él, el recién llegado, el paisano, sigue siendo un extraño, un marginado. Pero no está solo. Entre los escombros de la ciudad, encuentra a otros como él: paisanos de la misma provincia, hermanos de la misma herida. Juntos forman “naciones”, esas agrupaciones que, con un dejo de ironía, intentan resucitar el ayllu en el corazón del Capitalismo. Y en esa búsqueda de religarse, de volver a ser parte de algo, aparece el Señor de Qoyllurit’i, el Cristo de la nieve, el Apu que canta en las alturas.

El Señor de Qoyllurit’i: un espejo de contradicciones

Oh, qué espectáculo, qué materialidad transfigurada en altar. Cada año, los proletarios andinos, esos desterrados del campo, emprenden el peregrinaje al santuario de Qoyllurit’i, en las faldas heladas del nevado Ausangate. Se organizan en “naciones”, se cubren con máscaras, se visten de danzantes: pabluchas, ukukus, qhapaq qollas. La máscara, qué ironía, no solo oculta el rostro, sino que borra al individuo, ese átomo solitario que el capitalismo les impuso. Bajo la máscara, son paisanos, son comunidad, son algo más que capital variable. Pero no nos engañemos: esta comunión es un espejismo, un truco de magia andina que mezcla lo sagrado con lo profano, lo cristiano con lo pagano, en un cóctel que embriaga pero no libera.


En el santuario, ellos mandan. Los marginados de la ciudad, los desempleados, los precarizados, se convierten en reyes de la nieve. Organizan, danzan, ofrecen su tiempo, su dinero, su sudor, imponen su disciplina. Pero, ¿a quién adoran? Al Señor de Qoyllurit’i, el Cristo pintado en la roca, el Apu que respira en la montaña. Y aquí está la trampa, la gran broma del sistema: al adorar a este Cristo-Apu, se adoran a sí mismos. Porque ellos, los proletarios, son el Hijo sacrificado, el Jesús que carga la cruz del capital. Su devoción es un acto poético, sí, pero también un sarcasmo cruel: sacralizan su propia explotación, transforman su miseria en un ritual sagrado, y el sistema, ese gran titiritero, aplaude desde las sombras.

La alienación mágica: una danza con el capital

El artículo del GPM “Hegel, Marx y la Dialéctica” (1) nos lo advirtió: la dialéctica del capitalismo no es una reconciliación armónica, como soñaba Hegel, sino una contradicción que clama por ser negada. Pero en Qoyllurit’i, la contradicción se disfraza de fiesta. El capital, el Padre omnipotente, rige la vida de estos peregrinos, los obliga a vender su fuerza de trabajo en un mercado que los desprecia. 

El proletariado, el Hijo, danza en la nieve, se arrodilla ante la roca sagrada, y en ese acto cree encontrar redención. El Espíritu Santo, la síntesis, no es la liberación prometida, sino una alienación colectiva: la comunidad se religa, sí, pero al sistema que la oprime. La waka andina, el Apu, el Cristo, se funden en una cosmovisión que consuela, pero no emancipa. Es un pensamiento mágico que transforma el sufrimiento en trascendencia, pero no toca las cadenas del capital. No por gusto el Arzobispado mando a pintar esta roca sagrada para canalizar el culto andino a un único Dios cristiano.

Y qué poético es este artificio. Los peregrinos, con sus máscaras y sus danzas, tejen un tapiz de resistencia cultural, un canto a la memoria del ayllu, a la tierra que los vio nacer. Pero el sistema, astuto como es, convierte esa resistencia en un mecanismo de control. La ideología cristiana.

 (1) https://www.nodo50.org/gpm/dialectica/00.htm

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL GAS SE ESCAPA, EL MODELO COLAPSA: LA FACTURA NEOLIBERAL LA PAGA EL PUEBLO

Por: Alejandro Ponce Escalante

Mientras las colas en los grifos y las envasadoras de gas se alargan como serpientes de desesperación y el transporte público se paraliza por la falta de combustible, los apóstoles del libre mercado han guardado un silencio sepulcral. Ese mismo silencio que precede a la vergüenza o, más probablemente, a la búsqueda de una nueva coartada. Se rompió una tubería de gas natural, sí. Un "incidente técnico", dirán los voceros. Pero lo que realmente se ha roto es la narrativa neoliberal que durante treinta años nos vendió la idea de que el Estado es un mal administrador y el privado el salvador eficiente.
Hoy, ante la crisis energética que se avecina, las miradas se vuelven hacia Petroperú. Esa misma empresa que los defensores del capital privado se encargaron de demonizar, etiquetándola como "deficitaria", "ineficiente" y una "carga fiscal". Con una saña ideológica digna de mejor causa, los gobiernos de turno —siguiendo el recetario del FMI— se opusieron férreamente a que Petroperú explotara lotes petroleros, prefiriendo entregarlos en bandeja de plata a las transnacionales. Ahora, cuando el combustible escasea y el precio se dispara, los perros del neoliberalismo bajan la cabeza. El vendaval del caos capitalista los ha pillado sin paraguas.
Para entender este caos, no basta con la noticia coyuntural; hay que rascar la costra de la teoría del valor. Es necesario, como nos enseña Rolando Astarita en sus análisis sobre la economía política, desentrañar la naturaleza de la empresa pública dentro del capitalismo. No caigamos en ingenuidades: una empresa estatal bajo un gobierno burgués no es socialista. Su naturaleza, como la de cualquier empresa bajo la ley del valor, tiende a la acumulación de capital. Sin embargo, existe una dialéctica crucial que los neoliberales omiten convenientemente: el Estado capitalista interviene allí donde el capital privado no quiere o no puede invertir.
¿Por qué existe Petroperú? No nació por benevolencia, sino porque la burguesía privada, en décadas pasadas, no tenía la capacidad de acumulación para invertir en la industrialización del país. El combustible era el caballo de batalla para el desarrollo de las fuerzas productivas. Allí donde la tasa de ganancia es incierta, el riesgo alto o la inversión masiva (como oleoductos, carreteras o escuelas), el capital privado huye. Y es el Estado burgués quien debe intervenir para garantizar las condiciones generales de la acumulación. El privado busca la tasa de ganancia máxima y el retorno rápido; si no hay lucro, no hay servicio. Por eso el Estado construye carreteras impagas, mantiene postas médicas en zonas pobres y, históricamente, creó Petroperú. No fue un acto de caridad, sino una necesidad de los gobiernos industrialistas: el combustible era el "caballo" que debía tirar del carro de la acumulación nacional.
El programa neoliberal de Fujimori, Toledo y sus continuadores entendió esto a la inversa: su objetivo no era la industrialización, sino la apertura de nichos para el excedente de capital internacional. Privatizar fue la consigna. Solo la férrea oposición popular, como la Revolución de Arequipa contra la privatización del agua, logró detener la sangría cuando quisieron vender hasta el saneamiento básico. Pero en el sector energético, el desmantelamiento fue profundo, dejando al país vulnerable.
La crisis no es solo local; es un síntoma del capitalismo global en su fase imperialista. Como señalaba Lenin, la competencia por los mercados y las materias primas es inherente al sistema. Hoy, esa competencia se traduce en guerra. La tensión imperialista en Irán ya toca las puertas de las pequeñas economías periféricas como la nuestra, encareciendo la energía. Al mismo tiempo, potencias como China o Tailandia han cerrado el grifo de la exportación de combustible refinado para proteger sus mercados internos.
El resultado es que el surplus de capital absoluto y relativo busca dónde aterrizar, pero la seguridad energética queda relegada frente a la especulación. Las transnacionales, dueñas de los lotes que los neoliberales no querían que tocara Petroperú, priorizan la exportación y la ganancia en dólares sobre el abastecimiento interno en soles. Aquí reside la tragedia dialéctica: vivimos en una región bendecida con gas, petróleo y minerales. Tenemos la riqueza material (valor de uso) para garantizar el bienestar de la población. Sin embargo, bajo la dictadura del valor de cambio, esa riqueza no se puede disfrutar. Todo está destinado a la ganancia del Capital. Si no es rentable extraer o distribuir, hay escasez, aunque el subsuelo esté lleno.
Al fondo del tablero, como siempre, está el proletariado. El trabajador, el informal, el campesino, son quienes sufren directamente las consecuencias de la no previsión estratégica de la burguesía peruana. La burguesía nacional, subordinada al capital internacional, no tiene un proyecto de país, tiene un proyecto de cartera. El Grupo de Propaganda Marxista (GPM) ha insistido en que la clase obrera no puede confiar en la burguesía para resolver sus necesidades. La crisis actual lo confirma. La "mano invisible" del mercado se ha convertido en un puño cerrado que golpea el bolsillo del que menos tiene. La acumulación de capital se prioriza frente a la satisfacción de las necesidades humanas básicas.
La ruptura de la tubería es el símbolo de la ruptura del modelo. Los neoliberales querrán ahora, cínicamente, pedir "orden" y "sacrificio". Pero el sacrificio ya lo hemos hecho por décadas. Lo que necesitamos no es volver a un estado burgués ineficiente, ni entregar todo al privado rapaz. La solución pasa por romper la lógica del valor que mercantiliza la vida.
La defensa de Petroperú hoy es una defensa táctica contra el saqueo neoliberal, pero la solución estratégica no es un Estado burgués eficiente, sino el control obrero y la planificación socialista de la economía. Que los recursos naturales sean gestionados bajo control de los trabajadores, no para la exportación de plusvalía, sino para el bienestar social. Que el gas no sirva para llenar los bolsillos de los gerentes, sino para calentar los hogares de los trabajadores.
El incidente en la tubería es solo el síntoma. La enfermedad es el capitalismo. Y la receta, queridos neoliberales, no está en sus manuales de economía, sino en la organización de aquellos que realmente mueven este país: el proletariado. El gas se escapa por la tubería rota, pero la dignidad no se puede fuguar. Frente al debacle neoliberal y la guerra imperialista, la única respuesta es la organización independiente de la clase trabajadora. Porque mientras ellos cuenten sus ganancias, nosotros contamos los días sin combustible. Y esa cuenta, tarde o temprano, se la pasaremos a ellos.
¡Contra la crisis energética capitalista!
¡Por la energía bajo control de los trabajadores!