Por: Alejandro Ponce Escalante
Mientras las colas en los grifos y las envasadoras de gas se alargan como serpientes de desesperación y el transporte público se paraliza por la falta de combustible, los apóstoles del libre mercado han guardado un silencio sepulcral. Ese mismo silencio que precede a la vergüenza o, más probablemente, a la búsqueda de una nueva coartada. Se rompió una tubería de gas natural, sí. Un "incidente técnico", dirán los voceros. Pero lo que realmente se ha roto es la narrativa neoliberal que durante treinta años nos vendió la idea de que el Estado es un mal administrador y el privado el salvador eficiente.
Hoy, ante la crisis energética que se avecina, las miradas se vuelven hacia Petroperú. Esa misma empresa que los defensores del capital privado se encargaron de demonizar, etiquetándola como "deficitaria", "ineficiente" y una "carga fiscal". Con una saña ideológica digna de mejor causa, los gobiernos de turno —siguiendo el recetario del FMI— se opusieron férreamente a que Petroperú explotara lotes petroleros, prefiriendo entregarlos en bandeja de plata a las transnacionales. Ahora, cuando el combustible escasea y el precio se dispara, los perros del neoliberalismo bajan la cabeza. El vendaval del caos capitalista los ha pillado sin paraguas.
Para entender este caos, no basta con la noticia coyuntural; hay que rascar la costra de la teoría del valor. Es necesario, como nos enseña Rolando Astarita en sus análisis sobre la economía política, desentrañar la naturaleza de la empresa pública dentro del capitalismo. No caigamos en ingenuidades: una empresa estatal bajo un gobierno burgués no es socialista. Su naturaleza, como la de cualquier empresa bajo la ley del valor, tiende a la acumulación de capital. Sin embargo, existe una dialéctica crucial que los neoliberales omiten convenientemente: el Estado capitalista interviene allí donde el capital privado no quiere o no puede invertir.
¿Por qué existe Petroperú? No nació por benevolencia, sino porque la burguesía privada, en décadas pasadas, no tenía la capacidad de acumulación para invertir en la industrialización del país. El combustible era el caballo de batalla para el desarrollo de las fuerzas productivas. Allí donde la tasa de ganancia es incierta, el riesgo alto o la inversión masiva (como oleoductos, carreteras o escuelas), el capital privado huye. Y es el Estado burgués quien debe intervenir para garantizar las condiciones generales de la acumulación. El privado busca la tasa de ganancia máxima y el retorno rápido; si no hay lucro, no hay servicio. Por eso el Estado construye carreteras impagas, mantiene postas médicas en zonas pobres y, históricamente, creó Petroperú. No fue un acto de caridad, sino una necesidad de los gobiernos industrialistas: el combustible era el "caballo" que debía tirar del carro de la acumulación nacional.
El programa neoliberal de Fujimori, Toledo y sus continuadores entendió esto a la inversa: su objetivo no era la industrialización, sino la apertura de nichos para el excedente de capital internacional. Privatizar fue la consigna. Solo la férrea oposición popular, como la Revolución de Arequipa contra la privatización del agua, logró detener la sangría cuando quisieron vender hasta el saneamiento básico. Pero en el sector energético, el desmantelamiento fue profundo, dejando al país vulnerable.
La crisis no es solo local; es un síntoma del capitalismo global en su fase imperialista. Como señalaba Lenin, la competencia por los mercados y las materias primas es inherente al sistema. Hoy, esa competencia se traduce en guerra. La tensión imperialista en Irán ya toca las puertas de las pequeñas economías periféricas como la nuestra, encareciendo la energía. Al mismo tiempo, potencias como China o Tailandia han cerrado el grifo de la exportación de combustible refinado para proteger sus mercados internos.
El resultado es que el surplus de capital absoluto y relativo busca dónde aterrizar, pero la seguridad energética queda relegada frente a la especulación. Las transnacionales, dueñas de los lotes que los neoliberales no querían que tocara Petroperú, priorizan la exportación y la ganancia en dólares sobre el abastecimiento interno en soles. Aquí reside la tragedia dialéctica: vivimos en una región bendecida con gas, petróleo y minerales. Tenemos la riqueza material (valor de uso) para garantizar el bienestar de la población. Sin embargo, bajo la dictadura del valor de cambio, esa riqueza no se puede disfrutar. Todo está destinado a la ganancia del Capital. Si no es rentable extraer o distribuir, hay escasez, aunque el subsuelo esté lleno.
Al fondo del tablero, como siempre, está el proletariado. El trabajador, el informal, el campesino, son quienes sufren directamente las consecuencias de la no previsión estratégica de la burguesía peruana. La burguesía nacional, subordinada al capital internacional, no tiene un proyecto de país, tiene un proyecto de cartera. El Grupo de Propaganda Marxista (GPM) ha insistido en que la clase obrera no puede confiar en la burguesía para resolver sus necesidades. La crisis actual lo confirma. La "mano invisible" del mercado se ha convertido en un puño cerrado que golpea el bolsillo del que menos tiene. La acumulación de capital se prioriza frente a la satisfacción de las necesidades humanas básicas.
La ruptura de la tubería es el símbolo de la ruptura del modelo. Los neoliberales querrán ahora, cínicamente, pedir "orden" y "sacrificio". Pero el sacrificio ya lo hemos hecho por décadas. Lo que necesitamos no es volver a un estado burgués ineficiente, ni entregar todo al privado rapaz. La solución pasa por romper la lógica del valor que mercantiliza la vida.
La defensa de Petroperú hoy es una defensa táctica contra el saqueo neoliberal, pero la solución estratégica no es un Estado burgués eficiente, sino el control obrero y la planificación socialista de la economía. Que los recursos naturales sean gestionados bajo control de los trabajadores, no para la exportación de plusvalía, sino para el bienestar social. Que el gas no sirva para llenar los bolsillos de los gerentes, sino para calentar los hogares de los trabajadores.
El incidente en la tubería es solo el síntoma. La enfermedad es el capitalismo. Y la receta, queridos neoliberales, no está en sus manuales de economía, sino en la organización de aquellos que realmente mueven este país: el proletariado. El gas se escapa por la tubería rota, pero la dignidad no se puede fuguar. Frente al debacle neoliberal y la guerra imperialista, la única respuesta es la organización independiente de la clase trabajadora. Porque mientras ellos cuenten sus ganancias, nosotros contamos los días sin combustible. Y esa cuenta, tarde o temprano, se la pasaremos a ellos.
¡Contra la crisis energética capitalista!
¡Por la energía bajo control de los trabajadores!


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